Con el límite entre lo real y lo prefabricado desvaneciéndose en cada escroleo, discernir el engaño se ha convertido en una habilidad de supervivencia. Otra clase de mentira, más íntima y a veces más peligrosa, es el autoengaño. Es este terreno el que la realizadora y comediante Malena Pichot —pionera en deconstruir las ficciones que las personas se cuentan a sí mismas desde sus virales videos de La loca de mierda— explora en la nueva serie Viudas negras: p*tas y chorras.
La ficción, una comedia negra con toques de policial que subvierte los códigos de ambos géneros, es una producción original de la señal TNT y la plataforma Flow. Sus ocho capítulos están disponibles allí en su totalidad, aunque HBO Max optó por un estreno escalonado, liberando los episodios uno a uno los sábados, en una confusa estrategia de distribución. Este lanzamiento doble, uno con acceso inmediato versus otro disperso, termina siendo un reflejo de uno de sus temas: versiones contradictorias que coexisten.
Bajo su rol de creadora, guionista, showrunner y protagonista, y junto con los directores Nano Garay Santaló y Coca Novick, Pichot traslada su falta de tapujos en redes, esa mezcla de crudeza y lucidez que la define, al lenguaje que mejor le queda: la ficción. Aquí, el crimen y la farsa social son dos caras de una misma moneda.
La serie nació de una idea que Pichot cultivó por muchos años, incluso una década, inspirada por las noticias de casos reales. El título Viudas negras: p*tas y chorras opera como declaración de principios y alude directamente a esa modalidad criminal en la que las perpetradoras planean los crímenes a largo plazo, utilizando relaciones sexoafectivas como carnada. Pichot y la actriz argentina Pilar Gamboa interpretan a dos viudas negras retiradas. En su presente, estas mujeres, ahora examigas, ocultan sus crímenes tras máscaras de normalidad, pero sus mentiras internas se vuelven evidentes cuando se ven obligadas a trabajar juntas nuevamente.
El núcleo de la historia estará en esa amistad en constante puja entre Mica (Malena Pichot) y Maru (Pilar Gamboa), cuyo pasado criminal compartido las obligó a distanciarse, tanto emocional como geográficamente. Mica se quedó en su barrio de Flores, donde instaló su peluquería y salón cosmético, mientras Maru lleva una vida despreocupada en un barrio privado de Nordelta con su esposo e hija.
Trece años después, una persona las fuerza a reencontrarse y revivir, contra su voluntad, sus andanzas delictivas. No es un simple reencuentro, sino una trampa que las arrastra de vuelta a un mundo del que cada una ha huido a su manera. La hermandad entre ambas protagonistas distará de remediarse fácilmente. Hay resentimientos acumulados y los caminos opuestos que tomaron van a tener un costo a pagar. La serie propone, entonces, recorrer con ellas una suerte de sororidad desviada, una alianza entre mujeres con claroscuros, lejos de todo romanticismo. Los hombres de la serie, en cambio, serán figuras que oscilan entre la incompetencia y falta de corazón, siempre un paso atrás de la astucia femenina que los rodea.
Mientras Mica, el personaje de Pichot, atraviesa una crisis de los 40 y se muestra entusiasmada por volver al ruedo criminal, como si esa búsqueda casi nostálgica revitalizara algo que ella no sabía estaba inerte, Maru ha intentado borrar toda huella de ese mismo pasado. Para Mica, el crimen no es solo un recuerdo, sino una parte de su identidad que extraña, una adrenalina que ninguna disciplina parece poder reemplazar. Era buena en ello y lo sabe hasta el día de hoy. Maru, en cambio, ha rehecho su existencia con la determinación de quien quiere ser otra persona. Ahora vive como una “cheta” entre lujos y amistades superficiales en un mundo artificial y de apariencias, donde su pasado sería un escándalo inaceptable. Su resistencia a la delincuencia no nace del arrepentimiento, sino del miedo a perder el estatus privilegiado que tanto le costó alcanzar.
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Y es aquí, entre empleadas domésticas y accesos con barreras y registro obligatorio, donde la serie comienza a desplegar su crítica social más afilada. Las “conchetas” que rodean a Maru, un trío hilarante formado por Marina Bellati, Mónica Antonópulos y Paula Greenspan, que merece su propio spin-off, son un derroche de humor gracias a sus interacciones repletas de spanglish, “yoísmo” y las últimas tendencias enfocadas en el desarrollo personal. Cada una de ellas representa una caricatura perfecta de la clase alta porteña: obsesionadas con el prestigio, pero vacías de autenticidad. Son expertas en juzgar, pero incapaces de mirarse al espejo. Cada escena con ellas es una coreografía de absurdos con manos que se agitan al hablar, besos al aire que nunca aciertan el cachete, risas que suenan y rebotan dentro de los caserones donde viven. Toda esta comedia física no solo ridiculiza su desconexión de la realidad, sino que revela lo frágil de ese estatus que tanto protegen. Sus diálogos, cargados de ironía inconsciente, exponen sin piedad las contradicciones de un mundo al que Maru anhela pertenecer, pero que nunca terminará de aceptarla del todo.
Por su parte, Gamboa, actriz para la que la serie pretende hacer brillar más, lo logra al componer a Maru, un personaje divertido, y riesgoso. Maru es una mujer que anhela pertenecer a un estrato social “cheto” sin serlo, lidiando con sus reglas y el maltrato inherente, y Gamboa logra transmitir esta complejidad a través de los cambios en la voz y la impostación de Maru, que fluctúan según si interactúa con su pasado criminal o su presente de lujos. Su interpretación, cargada de frustración y malas palabras, entrega momentos memorables que la consolidan como la mejor puteadora argentina actual en la ficción.
Pichot, en tanto, se desenvuelve con naturalidad en su código principal de expresión, el humor, otorgándole a Mica, su personaje, una autenticidad cruda pero también calma, al verla como la madre responsable de dos hijos cordiales y estudiosos. La creadora equilibra el sarcasmo con momentos de vulnerabilidad y encuentra, con Gamboa, una química innegable.
La actriz y exvedette María Fernanda Callejón, por otro lado, asume con entusiasmo a la peligrosísima Paola Miranda, la exjefa de las viudas, una mujer pasional que se roba cada escena a la que ingresa con violencia y carisma por igual. Su presencia impone desde el primer momento y no se hace difícil amar odiarla. Será ella quien las extorsiona para obligarlas a volver al ruedo, usando como objetivo final a un joven empresario exitoso. La misión enfrenta a las viudas con una pregunta incómoda: ¿siguen siendo las peligrosas damiselas o están condenadas, como dice una de ellas, a aceptar que ahora solo son “unas urracas” sin nada que hacer en el mundo de la seducción contemporánea?
Si bien la serie navega con destreza el laberinto de situaciones descacharrantes que se propone, hay momentos en los que la trama puede sentirse un tanto estancada. La subtrama con las viudas negras juveniles, a las que hay que entrenar, podría haber tenido un cierre más ajustado. Su aparición afecta el ritmo en la mitad de la serie antes de que los casos del pasado y el presente se vinculen por completo. Este desbalance, sin embargo, no opaca la fuerza del conjunto.
En su totalidad, la propuesta logra combinar la comedia negra con el thriller de manera más que entretenida y con una dirección más concentrada que en comedias recientes como Envidiosa o el trabajo de la dupla de Mariano Cohn y Gastón Duprat en diferentes plataformas. Aquí se percibe una mayor coherencia narrativa total en el desarrollo de cada uno de los arcos de sus personajes.
La serie tiene potencial, no solo en Argentina y Uruguay, sino también afuera, al explotar inteligentemente, como otras series argentinas, sus elementos más localistas. Pichot ha sido siempre cautelosa con estirar proyectos sin un propósito claro, como lo demostró con Cualca! En el caso de Viudas negras, ha expresado el deseo de continuar la serie y, si bien no hay una decisión tomada, la puerta a una segunda temporada queda abierta.