La educación sexual integral es un “derecho humano”, necesario por cuestiones identitarias y también para detectar casos de abuso, según el docente con experiencia en escuelas de contexto crítico y como director de un colegio céntrico
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáJoaquín Mateauda es docente —maestro y profesor—, político, sindicalista y activista social habituado a desmontar tópicos. Con la claridad y la concisión propias del pedagogo que hace años da clases en escuelas de Casavalle y también con experiencia en el sector privado de la educación como director de Primaria de un colegio del Centro de Montevideo, pone luz sobre conceptos en apariencia inmutables y los clichés que implican, como su mirada sobre la enseñanza de la sexualidad desde la infancia.

Mateauda tiene una maestría en Inclusión y Exclusión Social becado por la Fundación Carolina en la Universidad de Murcia (España), donde cursa a distancia un Doctorado en Educación. Trabaja en la intersección de la psicopedagogía —que este año enseña en la Universidad Católica—, con el compromiso social y político que trae de familia, con foco en los márgenes sociales. Habla de la educación de niños acostumbrados a convivir entre balaceras y órdenes de “cuerpo a tierra” en sus clases y en sus casas, y de “toques de queda” a partir de ciertas horas en las calles y plazas de sus barrios.
“Muchos gurises del Marconi duermen escuchando el sonido de las balas, en lugar del silencio (...). Su psiquis está en permanente alerta y eso condiciona sensiblemente sus procesos vinculares, así como sus modos de enseñanza y de aprendizaje”, estos niños viven una infancia “robada”, afirma el maestro, que este año se trasladó a una escuela de tiempo completo del oeste de Montevideo.
Mateauda integra la Federación Uruguaya de Magisterio y asesoró a la diputada Cristina Lustemberg y ahora al senador Eduardo Brenta, ambos frenteamplistas. En la charla con Búsqueda cuenta con naturalidad la experiencia de blanquear su orientación sexual para reducir la discriminación de todo tipo en los centros educativos y que pares y alumnos puedan verse reflejados y contenidos ante situaciones difíciles de gestionar dentro y fuera de las aulas.
Lo que sigue es un resumen de la entrevista.
—Este año dejará de dar clases en Casavalle y en el colegio. ¿Qué le dejó esa experiencia?
—Yo he trabajado con población del Marconi en los últimos cinco años. La realidad que vive esta gurisada, y sus familias, es durísima. Muchos de estos chiquilines duermen escuchando el sonido de las balas en lugar del silencio… ¿Se puede imaginar eso? ¡El cerebro de esos niños está acostumbrado a escuchar por las noches el sonido de las balas!
—¿Cómo impacta en el aula?
—Son niños que viven una infancia robada. Su psiquis está en permanente alerta y eso condiciona sensiblemente sus procesos vinculares, así como sus modos de enseñanza y de aprendizaje. Hace un par de días estuve recorriendo el barrio con una familia. Unos chiquilines me reconocieron, y uno me dijo: “¡Pah! Acá a la vuelta mataron a un policía el otro día. Y por allá apuñalaron a otro”. La mamá de una alumna de seis años, que vivió un allanamiento que no tenía nada que ver con su familia, me mandó un mensaje que dice: “Mirá, Joaquín, mi hija no va a ir (a clase) porque la verdad quedó muy angustiada…”. Como sociedad reaccionamos recién cuando la inseguridad golpea nuestro privilegio. Pero esta inseguridad, que llevamos siete baleados en dos meses, no nos genera nada… Si el Estado no está, dejás todo en manos de otras culturas barriales. Esto lo veíamos antes en Brasil o en Argentina y de a poco se viene instalando en nuestro país. Y después de que se instala es muy difícil cambiarlo. Y la escuela sola no puede.
—Y a 30 minutos del Centro.
—Pero no es que solamente esté a 30 minutos. Los menores de seis años son 11,6 veces más pobres que los mayores de 65. Y no es solo que los niños son más pobres sino que mueren más. ¿Eso no nos parte la cabeza? La realidad demográfica muestra una baja de la natalidad que debería aprovecharse para mejorar las oportunidades de la población infantil hoy. Hay que acompañar esas trayectorias invirtiendo en las familias, modificando el tiempo pedagógico. ¿Dónde están esos gurises después de la escuela?
—Están las escuelas de tiempo completo, que se multiplicaron en las últimas décadas y avanzó la universalización escolar.
—Es cierto. Pero el tiempo que pasan los niños después de la escuela es una incógnita. Y la solución no pasa por crear masivamente escuelas de tiempo completo. Los niños deben tener otras actividades, otro tiempo de disfrute y descanso. En nuestra realidad laboral, por las condiciones de conformación social, eso es imposible. ¿Por qué se universaliza la educación inicial a edades cada vez más tempranas? Por una función de custodia, las familias tienen que trabajar muchas horas. Y en los sectores más vulnerables la escuela es la política social que llega, y sigue siendo un lugar de oportunidades, aunque estas trayectorias tienden a fracasar. Si uno analiza, las brechas más grandes de aprendizajes están entre el quintil más rico y el más pobre, sea público o privado. La alarma está ahí. ¿Dónde está el fracaso? Tendemos a dicotomizar las políticas sociales, y a no ver que el paraguas debe ser más amplio que la escuela.
—El gobierno acaba de inaugurar “un polo de servicios” del Estado en la cuenca de Casavalle. Esa es una respuesta.
—Tenés un polo, que es una apuesta excelente para el barrio. Pero no es todo Casavalle. Estás dejando desnuda 20 cuadras a la redonda, entre San Martín y Mendoza, allí donde el Estado no está. Es una población enorme hacinada, en condiciones habitacionales muy jorobadas. Ahí también hay niños que pierden a sus mamás y papás por balas perdidas. Todo eso configura un escenario perfecto para que los gurises construyan una subjetividad y estén todo el tiempo en alerta.
—¿Cómo hacer docencia ahí?
—Yo soy un engranaje más de un colectivo de muchas maestras que trabajan en territorio y lo que hacen es impresionante. Podemos detectar claramente cuando hay un problema barrial por cómo vienen los chiquilines a clase y cómo están en los recreos. Los ves con cara de sueño, en dinámicas de juegos y enfrentamientos que a veces se traducen en violencias que vienen de otros lugares, del barrio. Algunos (niños) te lo dicen. Me preocupa que el Ministerio del Interior llamara a una especie de gabinete para armar un protocolo de seguridad. Ahí hay otra renuncia del Estado frente a lo que está pasando, explicándole a la maestra cómo enseñarles a los gurises a “tirarse cuerpo a tierra”. ¡Esa es una renuncia sin precedentes! Es decir: “Bueno, la realidad es esta. Cuando escuchemos las balas nos tiramos al piso”.
—¿Los niños y sus familias naturalizan esas prácticas?
—Los niños hablan en la escuela de muertes, asesinatos y tiros con absoluta naturalidad. Y por momentos los padres también tienen miedo de mandar a sus hijos a las escuelas. Y ahí es donde se pierde la contención, el abrazo, el cuidado, las instituciones de protección de la infancia. Entonces, el norte queda un poco difuso. Hay chiquilines que a las cinco de la tarde tienen “toque de queda”, están en su casa y no pueden salir…. Imaginate tener una plaza y no poder ir a jugar porque sabés que ahí pasan las balas de un lado para el otro. Se necesita la presencia policial, por supuesto. Pero estamos todo el tiempo buscando emparchar. Y hay condiciones que son realmente muy jodidas, que no se pueden tolerar en ningún barrio.
—No sobran los ejemplos de educadores que puedan expresar en público estas cosas. Menos que hablen abiertamente de su orientación sexual. Pensando en la formación sexual, ¿cómo abordarlo hoy en clase?
—Sí, mirá, en primera persona. Yo soy un varón homosexual abiertamente. Nunca me sentí en el lugar de tener que ocultarlo. Siempre se da esa pregunta de parte de los niños: “¿Maestro, tenés novia?”. Y yo: “¿Novia o novio? ¿A ustedes les cambiaría si cualquiera de las maestras tuviera una pareja mujer? ¿Seguiría siendo la maestra?”. Yo lo tomo como oportunidad para mover otras cosas. Lo manejo como algo muy natural y parto de la base en los lugares donde trabajo de que la diferencia es lo que impera en nuestra sociedad. Sea de orientación sexual, de etnia, de condición social, lo diferente es lo natural. En ese sentido nunca he tenido una respuesta ofensiva hacia mi orientación sexual. Jamás. Siempre mucho respeto.
—¿Y qué sentido tienen las guías de educación sexual? ¿Existe formación docente de calidad sobre estos temas?
—La educación sexual integral es ante todo un derecho humano. A nivel mundial hay consenso sobre su necesidad. Primero, por cuestiones identitarias. Segundo, porque tenemos poblaciones que se sienten o se autoperciben de otra forma. Pero también es una vía para detectar casos de abuso sexual, muchas veces intrafamiliar. Hay que salir de esa lógica oscurantista sobre la educación sexual. No es que la maestras y los maestros vamos a enseñar a masturbarse a los niños y esas cosas que se dicen y son acusaciones gravísimas, sin fundamento. ¡No existe tal cosa! No la hay. ¡No va por ahí! Tiene que ver con procesos identitarios, de autopercepción…
—¿Y los padres y las madres lo entienden así?
—He tenido en varias ocasiones que explicar a determinadas familias, que con mucho respeto cuestionan la enseñanza de la educación sexual, el marco que uno trabaja y cómo lo trabaja. Y cuando uno explica empiezan a desaparecer esos temores, hace que vean que no es que porque un maestro homosexual trabaja la educación sexual todos los niños de la clase van a ser homosexuales (ríe). Es una fantasía que a veces está de fondo ¡y que al revés nadie se lo cuestiona! Yo tuve un montón de maestras heterosexuales y no lo cuestionaría nunca (ríe).
—¿Y en el ámbito sindical?
—No, la incomodidad en... Yo milito mucho en espacios femeninos y esto tiene como contrapartida otro tipo de respuestas, o por lo menos es así con las compañeras con las que yo me muevo. Pero no es una norma. Mis universos tienen aceptada la diferencia de orientación sexual y demás.
—Más allá del discurso de la diversidad, ¿hay avances reales o aún se es cruel con quien no es heteronormativo, sujeto de burla, discriminación y acoso?
—Falta mucho. A veces hasta por autocensura en determinados círculos no se animan a hacer determinados comentarios. También es cierto que si uno sale de los circuitos académicos, metropolitanos, “progresistas” —aunque ser de izquierda no te exime de nada—, las percepciones son otras. El desafío está en cómo llegar a transformar las ideas preconcebidas sin generar otros tipos de discriminaciones. Yo tuve contención familiar y de mis grupos cercanos, que no pasa siempre. Lo he hablado con chiquilines que se han acercado a plantearlo como muy solapadamente, porque también les genera miedo y vergüenza. Y es bueno trabajar en torno a esto, al concepto de diferencia, que somos todos distintos. No hay con qué darle. Ahí está la riqueza social. Somos todos diferentes, pensamos diferente, tenemos orientaciones distintas. Y eso no te condiciona con cómo uno es como persona. Ese es para mí el leitmotiv. Ojalá que cada uno pueda disfrutar de su proyecto de vida en libertad. Pero muchos niños, adolescentes y adultos lo viven como un problema, por cómo se autoperciben o puedan verlos sus compañeros.