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    ¿Mi trabajo es una “mierda”?

    Hay ocupaciones laborales poco o nada provechosas para la sociedad, pero que por diversas razones existen en el ámbito público y el privado. ¿La tecnología tirará la cadena para ellas?

    Los periodistas profesionales preguntamos, investigamos y tratamos de noticiar y explicar hechos —ya sea el corte del suministro eléctrico, un caso de corrupción o la baja del precio del dólar— para que la gente esté mejor informada al tomar sus decisiones. Aunque amenazados por los cambios en el consumo de información y por tecnologías que parecen capaces de hacerlo todo rápido y con menos costo, seguimos dando un servicio útil para muchos. Nuestro trabajo, el mío, no es una “mierda” en la definición que le dio el antropólogo David Graeber, aunque es probable que entre en esa categoría en un futuro no muy lejano. ¿El tuyo lo es?

    Soy Ismael Grau, editor de Economía en Búsqueda y autor de esta newsletter sobre temas económicos, Detrás de los números. En esta entrega escribo sobre las ocupaciones —en particular, aquellas poco o nada provechosas para la sociedad— y nuestra productividad laboral. Es algo extensa; si logro mantener tu interés hasta el final, mi oficio quizás tenga esperanzas.

    Escatología laboral

    En 2013, la revista radical Strike! le encargó que escribiera un artículo provocativo y, como una “especie de experimento”, Graeber terminó publicando aquello que para él era una “corazonada”: que hay un montón de trabajos inservibles. Con un enfoque más moral o ético que económico, aquel texto —titulado On the Phenomenon of Bullshit Jobs: A Work Rant, que puede traducirse como Sobre el fenómeno de los trabajos de mierda: una diatriba laboral— causó algunas polémicas, al mismo tiempo que al autor le llegaban mensajes de personas dándole la razón y manifestándole la inutilidad de sus propios empleos.

    Después, el antropólogo desarrolló su tesis en un libro de unas 250 páginas y un título más conciso, Trabajos de mierda. Allí clasifica los cinco tipos principales —lacayos (recepcionistas, asistentes administrativos), esbirros (militares, abogados lobistas, vendedores telefónicos), parcheadores, marcacasillas y supervisores—; sostiene que nos hemos convertido en una civilización que adoptó el trabajo como “un fin en sí mismo” y propone la instauración de una renta básica universal como un piso de ingreso para todos, “dejando después que cada uno elija si quiere incrementar la riqueza mediante un trabajo remunerado o vendiendo algo, o prefiere hacer cualquier otra cosa con su tiempo”.

    Según él, las ocupaciones de mierda son las que la propia persona encargada de llevarlas a cabo considera carentes de sentido, innecesarias o incluso perniciosas; trabajos que podrían desaparecer sin que nadie lo notara. Afirma que muchos son del creciente sector de los servicios o puestos que son auxiliares a ese tipo de empleos (pone como ejemplo los repartidores de pizza y los bañadores de perros).

    Este antropólogo y académico estadounidense, fallecido en 2020, era anarquista.

    En su libro ¿Por qué el capitalismo puede soñar y nosotros no?, publicado en 2020, el argentino Alejandro Galliano tradujo el concepto de Graeber al lenguaje rioplatense como “trabajos al pedo” y mencionó como casos para su país los empleados de empresas fantasmas usadas para lavar dinero o evadir impuestos, o los “planeros” que viven de subsidios estatales.

    Para este licenciado en Historia por la Facultad de Filosofía y Letras, las tecnologías del llamado “capitalismo 4.0” reemplazan tareas vinculadas básicamente con la administración y uso de información.

    Nosotros y el trabajo

    Una reciente encuesta con unos 600 casos hecha por la consultora ManpowerGroup y Opción Consultores mostró que casi la totalidad de los uruguayos (95%) piensa que el trabajo ocupa un lugar “muy importante” en su vida, aunque poco más de la mitad considera recibir suficiente apoyo y reconocimiento por su labor. Entre las cosas que quisieran mejorar, lo más mencionado fue el salario y los beneficios, lo que puede estar conectado con lo que escribí en esta anterior newsletter.

    A propósito de ese estudio, Juan Olano, licenciado y magíster en Filosofía por la Universidad de la República, habló en la diaria en octubre sobre los empleos “fructíferos” y “dignos” —mencionando a Graeber—, y de cómo juzgar un trabajo: “Podemos evaluar si al trabajador le pagan en tiempo y forma o no, podemos valorar si el trabajador tiene un horario fijo o no, podemos valorar también si el trabajador hace un aporte a la sociedad o no. Estas son cuestiones más objetivas, pero el concepto de felicidad, tal y como lo entendemos hoy, no parece capturar nada de esas cosas que podrían ser las más importantes a la hora de evaluar si un trabajo es bueno o no, o si los trabajos en Uruguay son buenos o son malos”.

    Burócratas y sector privado

    Volviendo a Graeber, en nuestro país, podría pensarse que la utilidad de ciertos trabajos solo está justificada por la propia maraña burocrática y regulatoria que tenemos. En el Estado y fuera de él.

    Veamos primero el sector público.

    ¿Cómo perciben los funcionarios su propia actividad laboral? Al contestar la Primera Encuesta de Capacidades de los Funcionarios de la Administración Central para las Políticas Públicas, hecha a fines de 2020 por la Oficina Nacional del Servicio Civil, casi seis de cada 10 señaló que el “saber que el trabajo tiene impacto positivo en la vida de las personas y la sociedad” es una de las tres cosas que más los motiva. Pero, al mismo tiempo, sienten que, en la percepción ciudadana, su tarea desprende cierto mal olor. Según ellos mismos, en una escala de 1 (nada) a 10 (mucho) la valoración social del “trabajo de los funcionarios públicos en general” fue de 3,6.

    Casi un tercio de estos encuestados cumplía tareas administrativas, literalmente burócratas públicos o marcacasillas en la categorización del anarco. Lo esperable sería que algunos de esos empleos vayan desapareciendo a medida que el Estado se va digitalizando (aunque hasta ahora los datos muestran otra cosa, como consigné en esta entrega de la newsletter).

    Es posible que la valoración de la utilidad del propio trabajo sea baja en otros ámbitos públicos en los que algunos puestos vienen a resolver problemas de escasez de empleos genuinos (por razones de oferta o de demanda, en particular, en ciertas zonas del interior del país). A ellos, el antropólogo los pondría en la categoría de lacayos, de esbirros y más marcacasillas.

    En el sector privado también existen trabajos de discutible necesidad, ya sean de oficina o manuales, formales o informales. Algunos, a veces incluso perniciosos porque se ejercen con violencia —como los cuidacoches, más de 600 registrados en Montevideo, o muchos limpiavidrios callejeros—, son empleos de subsistencia que derivan de otro tipo de problemáticas sociales.

    Según Graeber, la principal diferencia entre el sector público y el privado “no radica en que sea más o menos probable que cada uno de ellos genere trabajo inútil”, sino que posiblemente fuera del Estado el trabajador y su rendimiento esté mucho más supervisado.

    En esta entrevista que le hice el año pasado para Búsqueda a Sebastián Fleitas —un economista especializado en temas de competencia de mercados, hoy radicado en Chile— hablamos sobre los cuellos de botella en materia de productividad que ve para nuestro país. Entre otras cosas, me comentó que en Estados Unidos el empleado de un banco que hace un curso de notario puede legalizar la venta de un auto; “en Uruguay se requiere la intervención de un escribano, lo que hace mucho más compleja una transacción de ese tipo”.

    Para la importación de mercaderías, es obligatorio —como regla general, aunque hay excepciones— que medie un despachante de aduanas, lo que no pasa en la mayoría de los países del mundo. Modificar ese requisito “bajaría costos y mejoraría la productividad, pero obviamente hay un sector que obtiene rentas de la situación actual”, apuntó Fleitas, adelantándose a la propuesta de acotar la perceptibilidad de contar con la intervención de un despachante incluida en el Presupuesto recientemente aprobado, pero que fue quitada.

    Trabajos y tecnología

    A escala planetaria, ciertos cambios tecnológicos amenazan con tirar la cadena para varias ocupaciones laborales. Algunas van quedando obsoletas e innecesarias.

    El reporte Futuro del trabajo 2025 del Foro Económico Mundial menciona a los empleados de servicios postales, los cajeros de bancos o similares, los administrativos y asistentes ejecutivos, los trabajadores del sector de impresión y oficios afines (me estoy empezando a descomponer), los empleados de contabilidad, teneduría de libros y nómina, los diseñadores gráficos y los vendedores por teléfono como algunos de los puestos cuya demanda se irá retrayendo en el futuro cercano.

    Del lado optimista, según ese análisis, algunos de los puestos con más posibilidades de crecimiento serían los especialistas en big data, los ingenieros de tecnologías aplicadas a las finanzas, los expertos en inteligencia artificial y aprendizaje automático, y los relacionados con los vehículos eléctricos y autónomos.

    Por su lado, la consultora en recursos humanos Advice ha elaborado interesantes estudios sobre la evolución de la demanda de habilidades en Uruguay; en uno reciente inspeccionó el contenido textual en una muestra de 300.000 oportunidades de empleo publicadas en los portales y medios digitales de búsqueda laboral.

    Advice1

    De las 20 habilidades que consideró, la que más creció fue la de “curiosidad y aprendizaje continuo” (384%), mientras que “idiomas” —un conocimiento, en particular el inglés, que hace pocos años sumaba puntos en cualquier currículum— fue una de las tres que vio caer su requerimiento.

    Cruzando su propio análisis con el informe Future of Jobs que mencioné antes, Advice resume en el siguiente cuadrante cómo se proyectan las distintas habilidades laborales hacia 2030.

    Advice2

    La productividad laboral

    Que las personas hagan trabajos inútiles —que, además, seguramente realizan de mala gana porque los sienten así— tiene efectos sobre el desempeño de una economía.

    Me pongo un poco técnico en estos párrafos finales para hablar sobre nuestra productividad como país, un concepto que puede asimilarse a cuán eficiente es en el uso de los recursos productivos.

    Una forma de medir esto es a través de la productividad laboral por trabajador, que se calcula dividiendo el Producto Interno Bruto entre la cantidad de personas empleadas (“ocupados”) en la economía. Expresada a “paridad de poder adquisitivo” o de “dólares internacionales”, pasó de unos US$ 20 por hora trabajada en 1990 a casi el doble en 2022, según cálculos que tomé del estudio Impulsando la productividad de Uruguay, publicado en 2023 por la Organización Internacional del Trabajo (OIT).

    El documento menciona esa evolución como una “historia de éxito” que, sin embargo, contrasta con la de la “productividad total de los factores” o PTF. La explicación de esa diferencia es que en los últimos 20 a 25 años hubo cambios en la estructura productiva del país, y perdieron peso algunos sectores que emplean relativamente mucha mano de obra (como la industria textil, las curtiembres o las fábricas de calzados) en detrimento de otros más intensivos en el uso del capital. De ahí que la PTF —que incorpora el factor de la productividad tanto de capital como de trabajo— creció mucho menos que la productividad laboral.

    Productividad Laboral

    La OIT sostiene que el crecimiento económico de Uruguay en tiempos recientes fue sobre todo por “transpiración” (más factores productivos) y, en menor medida, por “inspiración” (productividad). Por eso, señala que “el país tiene el urgente desafío de aumentar su productividad para alcanzar un crecimiento económico sostenido en las próximas décadas”.

    En relación con el trabajo específicamente, plantea algunas recomendaciones, como revisar las políticas para bajar la informalidad y aumentar la empleabilidad —particularmente de los jóvenes—; adaptar los sistemas de capacitación a los requerimientos del mercado del siglo XXI, y modernizar la regulación laboral y promover cláusulas de productividad en las negociaciones laborales (las alienta por empresa y no solo por ramas de actividad). ¿Habrá algo de todo esto en nuestra “agenda país” de 2026?

    Si llegaste hasta acá en la lectura, además de agradecer tu interés, te recomiendo esta columna de Mercedes Rosende sobre un caso de inteligencia artificial ejerciendo una función ministerial.

    Si querés escribirme comentarios, críticas, sugerencias —u ofrecerme trabajo para cuando pierda el actual—, podés hacerlo a este mail: [email protected]

    Vuelvo a escribirte en 15 días para cerrar el año, con una entrega que traerá premio.

    ¡Buena semana!

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