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    Hay que “reducir la influencia” del crimen organizado para que no sea “una amenaza existencial a la democracia”

    Pese a su “resiliencia institucional”, Uruguay “está en una posición muy frágil” ante el crimen organizado, advierte el consultor Douglas Farah, quien recomienda que el país ataque primero las “ventajas comparativas que ofrece” al narco, como el lavado de activos y la falla de controles en el puerto

    Douglas Farah y Pablo Zeballos acuñaron el concepto cuarta ola del crimen transnacional para describir el fenómeno de criminalidad que afecta a la región. Es el corolario de un fenómeno que comenzó —la primera ola— con Pablo Escobar y el cartel de Medellín, pioneros en el tráfico de cocaína a gran escala hacia Estados Unidos. La siguiente estuvo encabezada por el cartel de Cali, que sofisticó el negocio, sumando a México y Centroamérica en sus rutas con destino norteamericano. La tercera ola incluyó alianzas “Estado-grupo criminal”, que afectaron políticas públicas, mientras que al mercado estadounidense se sumó Europa. Y ahora el fenómeno, según su categorización, es todavía más grave.

    La cuarta ola incluye la participación de “nuevos actores”, como la Ndrangheta, el Tren de Aragua o los grupos albaneses, y “nuevos mercados”. “Tenemos tantos mercados ilícitos que no podemos hablar solo de cocaína. El oro ilegal de Perú, Colombia, Ecuador, Bolivia puede ser más rentable que la cocaína. La destrucción de la Amazonía nace de esos nuevos mercados ilícitos”, dice Douglas en entrevista con Búsqueda.

    El consultor en seguridad nacional estuvo en Montevideo en octubre para participar en una actividad sobre crimen organizado y reunirse con autoridades uruguayas. En el marco de esa visita, dialogó con Búsqueda sobre el problema de seguridad actual. Douglas sostuvo que la “gran ventaja” de Uruguay es su “resiliencia institucional”, lo que “todavía” le permite enfrentar el desafío. Pero quizás no por mucho tiempo más. “El ejemplo que debería de mirar Uruguay es Ecuador, que estaba muy sólido, muy pacífico, y de repente ahora tiene las tasas de homicidio más altas del hemisferio”, advierte.

    El experto, que fundó y preside IBI Consultants, sostuvo que la apuesta de los países debería ser a “reducir la influencia de los grupos criminales para que no sean una amenaza existencial a la democracia”. En el caso de Uruguay, esto implicaría analizar cuáles son las “ventajas comparativas” que el mundo criminal ve en el país y focalizar los esfuerzos para desarticularlas. En su opinión, en estos momentos el problema central es el lavado de dinero y el puerto.

    Douglas destacó el esfuerzo del gobierno de discutir un plan de seguridad con el resto del sistema político que vaya más allá de un período de gobierno. Sostuvo que es el único país de la región que puede desarrollar esas instancias de diálogo y elaborar un “modelo sostenible” que no caiga en el autoritarismo.

    Tras el atentado contra la fiscal Mónica Ferrero en Uruguay aumentó la preocupación por el crimen organizado, aunque suele decirse que la situación no es tan grave como en otros países de la región. ¿Es un buen análisis?

    —El ejemplo que debería de mirar Uruguay es Ecuador, que estaba muy sólido, muy pacífico, y de repente ahora tiene las tasas de homicidio más altas del hemisferio. Está en una situación sumamente complicada, yo diría: más complicada de lo necesario, por militarizar el conflicto inmediatamente. Uruguay es el único país que está tratando de tomar medidas, a nivel de Estado y no de partido. Pero está muy cerca de lo que llegó a pasar en Ecuador, ¿no? Hay pasos predecibles.

    Estamos ante un mundo —y por eso lo describimos como la cuarta ola del crimen transnacional— donde el crimen transnacional está en transformación. Y los que más son objetivos son los países democráticos, porque, por su naturaleza, son muy lentos en reaccionar. Los grupos vienen cuando hay ventaja, porque las democracias no tienen la capacidad ni de inteligencia, ni de entrenamiento, ni de visión, ni de entendimiento para reaccionar. Entonces, es muy fácil entrar.

    Chile también está en un problema muy grave por las mismas razones. Lo que están viendo ahora con el acercamiento del PCC (Primer Comando de la Capital), con la Ndrangheta italiana, muchos grupos están ahora circulando en Argentina, Uruguay, Paraguay. Entre el PCC con el narcotráfico y los puertos, que ahora son elementos fundamentales en la nueva geografía del crimen transnacional, Uruguay está en una posición muy frágil.

    —Quizás Uruguay no llegue a ser Ecuador, pero tal vez el país ya está suficientemente mal de acuerdo a sus estándares y características. ¿Compararse con los que cayeron de manera estrepitosa no puede alimentar una idea de que las cosas no están mal en el plano local?

    —Vinimos precisamente a Uruguay porque creemos que es tal vez el único país en la región que tiene la capacidad de crear un modelo sostenible para enfrentar estos problemas. O sea, no están como Ecuador, pero van por el camino por donde cayó Ecuador. Es el único país en la región donde los partidos pueden hablar todavía. Se sientan, hablan, pueden negociar una cosa realmente nacional, no una cosa de partido. Chile está en un intento de hacer lo mismo, un poco más lento, pero bueno, nadie más lo está haciendo. Entonces, en parte queríamos venir acá y escuchar y hablar con los uruguayos sobre cómo avanza el proceso, porque si este modelo no funciona, no hay otro modelo en la región que pueda enfrentar estos peligros que vienen ya en marcha. Ustedes ya han vivido el proceso de (Sebastián) Marset, ya tienen las amenazas a los fiscales, ya tienen un nivel de sicariato bajo en términos relativos, pero muy alto para ustedes. La contaminación de los cargamentos que van a Europa es mucho más alta, y esas tendencias se van a acelerar en la medida que haya espacio acá para que entren. Entonces, creo que no están como Ecuador, pero han tomado varios pasos en el camino que llevó a Ecuador a donde está. La gran ventaja que tiene Uruguay es que tiene la resiliencia institucional todavía para enfrentar eso.

    —En Uruguay, a diferencia de lo que puede suceder en otros países que son usados como comparación, como México, que el crimen organizado ejerza un control territorial completo de una zona parece más difícil porque es una geografía y un territorio bastante difícil de bloquear. Pero también es cierto que hay uruguayos que, cuando cae el sol, ya no pueden salir de sus casas porque las balaceras son permanentes. Entonces, capaz que nunca se llegará a ser México, pero ya existen zonas de Montevideo en las que la mitad del tiempo no están bajo control estatal.

    —Claro, en cada país es distinto. El tema del control territorial es fundamental. En todos los espacios alguien va a gobernar; y si el Estado no está presente, alguien va a estar presente.

    —No hay vacíos de poder.

    —No, no existen. No necesariamente en Uruguay, pero lo que están viendo en muchas partes del continente es que si el Estado está presente y entra un grupo criminal, ellos tienen, muy rápidamente, más legitimidad que el mismo gobierno. Trabajé muchos años con la mara Salvatrucha en Centroamérica, en la MS-13, y que eran violentos, terribles. Ahora, con su evolución, en Honduras por lo menos, controlan territorio, dan servicios de salud, dan comida para los niños escolares, dan trabajo a la gente que está en el lugar de control de ellos, y ahora la gente no quiere que entre el Estado otra vez. Dejar esos espacios para que crezcan es sumamente peligroso.

    —Usted decía que la Ndrangheta hace operaciones en la región, no controla territorio.

    —Su base operativa es Buenos Aires. La Policía italiana tiene una base en Argentina por eso. La Ndrangheta no son narcotraficantes, son policía de tránsito que controla quién puede mandar qué a Europa y controlan todo. Están los albaneses, que fueron visibilizados en Ecuador, pero llevaban operando más de una década sin este nivel de violencia. Tenemos el PCC, que es mucho más peligroso en términos de control territorial para Uruguay. Pero la penetración en los puertos es en donde se mete realmente Jalisco Nueva Generación, porque el mercado de cocaína ha cambiado drásticamente y Europa es el mercado principal. En Estados Unidos el consumo de cocaína ha bajado, y el precio está en los 17.000 dólares, ya desde hace un buen tiempo. No por lo que ha hecho la policía, ni la DEA, simplemente ahora están consumiendo sintéticos; mientras que Europa está en un precio de 30.000 en España, 40.000 en Alemania, 70.000 en la ex Unión Soviética. Entonces, los narcos son hombres de negocio, pero para transitar esas zonas necesitas barcos, por eso la importancia de los puertos. No puedes mandar 100 kilos en una avioneta que va a aterrizar en Europa, no funciona. Entonces, la posición geográfica que ofrece Uruguay es muy atractiva, y la visión que tiene la gente tanto de Uruguay como de afuera es que aquí no pasa nada. Pueden estar tranquilos.

    Para mí, la señal más alarmante es el intento de asesinar a la fiscal. Los asesinatos de alto nivel siempre marcan un nuevo capítulo de la entrada del crimen organizado. Y se evitó esta vez, pero se sabe de dónde viene y a qué va.

    —Uruguay es un país de tránsito, pero obviamente en los países de tránsito siempre algo queda, y además, lo que queda también es el reguero de dinero de la corrupción. ¿Pero cree que hay una percepción compartida de la amenaza en Uruguay?

    —Creo que tanto el gobierno como la oposición tienen una visión mucho más clara de lo que tenían. De todos modos, es un problema que está todavía subestimado. El discurso es lo más avanzado que hemos escuchado en América Latina. Ahora, que lleguen a cumplir eso va a ser la parte clave.

    —¿Por qué es lo más avanzado?

    —Porque por lo menos están hablando de un plan nacional de seguridad que dure más de un gobierno. Están hablando de 10 años, que implicaría por lo menos dos períodos, que es fundamental, porque lo que vemos en todos los países es que sale el gobierno y el que viene tira todo para atrás en los primeros seis meses de su mandato. Entonces, esa concepción de tener una mirada de más largo plazo es fundamental, y que esté compartido por los grupos políticos más grandes. Además, hay un reconocimiento de que hay un problema de crimen organizado. En Ecuador nadie quiso hablar de eso antes de la explosión.

    —A Uruguay se lo suele criticar porque aprueba leyes de avanzada en combate al crimen organizado y el lavado de activos, pero después los resultados son malos.

    —No creo que haya país en este hemisferio que, en estos momentos, esté combatiendo con éxito el crimen transnacional. Estados Unidos está peor que nunca por circunstancias políticas y liderazgo político y sus vínculos con la corrupción. Por eso, el modelo uruguayo podría ser una salida, una visión hacia dónde ir. Tenemos que construir un modelo que no sea autoritario.

    —¿Lo dice por Bukele?

    —Es muy fácil tirarse por el lado de Bukele y esas cosas que son a largo plazo terribles. Pero tiene que haber una respuesta dentro del sistema institucional democrático y nadie ha logrado articular eso todavía.

    —Usted decía que Uruguay puede ser un modelo. ¿Cuánto le parece que puede llevar este proceso?

    —Es una cosa que, lamentablemente, se vuelve un asunto político y un asunto de recursos. Una cosa que salió en las conversaciones que tuvimos estos días es que en todos los países existe el mismo drama de las cárceles. Las cárceles son un problema tremendo. Cómo combatir, cómo reformarlas para que los peligrosos que están adentro sigan y salgan los otros que no van a reincidir. El problema de las cárceles es el mismo problema que tenemos en todo este proceso: requiere de recursos. Nadie quiere poner dinero para construir más cárceles. Sin cortar la capacidad de mandar desde la cárcel y las economías ilícitas que se manejan desde ahí, no se puede avanzar. Todo eso requiere dinero y en estos momentos nadie tiene demasiado dinero. Para mí, ese es el punto más grave.

    Lo dije hablando con el gobierno, el punto es que tenemos que cambiar el discurso: de derrotar al crimen transnacional, que nunca lo vamos a hacer, a reducir la influencia de los grupos criminales para que no sean una amenaza existencial a la democracia y sea solo un problema policial. No tenemos que pensar en solucionar todo de golpe, no se puede. Es ver los puntos más vulnerables, donde uno puede invertir, acortar eso hasta que sea un problema más chico, que siempre vas a tener. O sea, nunca desaparece. Hemos tenido ese discurso de que estamos en guerra contra el narcotráfico. No es una guerra. Es una cosa de la condición humana: siempre va a haber de todo. Lo que cambia en esta cuarta ola es que ahora ya no es corrupción, ya no es la compenetración en el Estado. Ahora estamos hablando de grupos que conviven dentro de los Estados, que manejan control político real. La cuarta ola va de la mano con el autoritarismo. Esos grupos se apoderan del Estado y necesitan quedarse en el Estado y los recursos más y más se criminalizan. Es la amenaza a la democracia sobre la que uno tiene que enfocar como base, y rechazar la idea de que la militarización le va a traer resultados a largo plazo. Meter a los militares te da resultados positivos por un máximo de 60 días. A partir de ahí comienza a corromperse y todo se va al diablo, rápidamente. Hay que pensar en cómo buscar las partes más vulnerables en las que se puede reducir la amenaza y dejar de pensar que vamos a eliminar eso. Porque no lo vamos a hacer, lamentablemente.

    —Habló de las cárceles, hablamos de los barrios, de la corrupción, del lavado de dinero. Si tuviera que priorizar, ¿por dónde empezaría?

    —Hay una cosa fundamental inmediata y que lleva al largo plazo, que es ver dónde está el proceso de acercamiento entre los grupos criminales y la juventud y qué ofrecen. Para mí, la educación, aparte de social, es fundamental para cortar a mediano-largo plazo el circuito. Lo segundo es ver qué ventaja comparativa ofrece Uruguay en el mundo criminal. En este momento: puertos y lavado de dinero. Eso es lo que ofrece Uruguay. Entonces, alzar el costo de operar en Uruguay en esos dos puntos donde tienen una ventaja comparativa muy grande, para mí, sería la prioridad. Creo que ya está en un proceso de reforma carcelaria.

    Nos hemos enfocado mucho en las cárceles porque todos los grandes grupos que operan ahora en América Latina nacen en la cárcel. Entonces, ver cómo distinguir entre los que son realmente peligrosos, y sacar de circuito la posibilidad de comunicar y manejar redes desde la cárcel es fundamental. Estamos viendo el fenómeno que vimos en Ecuador muy de cerca y que hemos visto también en Costa Rica, en Perú: los criminales ahora prefieren estar dentro de la cárcel que fuera porque están más seguros y viven bien. Entonces, hay que revertir esa dinámica. Para mí, esos serían los tres puntos por los que empezar. En estos casos hay que ver lo que Uruguay puede hacer solo, por sí mismo. Porque realmente en un impacto largo necesitas cooperación de Paraguay, de Argentina, de Brasil. Tienen que ver lo que ustedes pueden hacer, porque Estados Unidos ya está ausente; o sea, no hay donde buscar recursos, apoyo.

    Entonces, fijar lo que ustedes pueden hacer, pensar dónde van a tener un impacto directo sobre la ventaja comparativa que ofrece Uruguay: movimiento de dinero superfácil; lavado en la construcción, todo lo que hemos visto. La cero tolerancia a la corrupción es otra de las medidas más efectivas que el gobierno puede aplicar.

    —¿Por qué Uruguay es afectado por esta “cuarta ola de crimen transnacional”, como la describe usted?

    —Las cuatro olas: lo diseñamos para explicar el mundo en el que vivimos. La primera ola tiene como referente a Pablo Escobar y el cartel de Medellín, que logran llevar droga a Estados Unidos a gran escala. La segunda es liderada por el cartel de Cali, que sofisticó el negocio, sumando a México y Centroamérica en sus rutas, da nacimiento a los carteles más sofisticados. En la tercera ola comienzan las alianzas Estado-grupos criminales, pero siempre con el modelo de enviar un producto (la cocaína) a un mercado principal, que es Estados Unidos. Ahora vemos un montón de nuevos actores, nuevos mercados y la reorientación de los mercados de los que hablamos antes: ya no es Estados Unidos el prioritario. En todos esos cambios, que incluye el paso a la droga sintética, empieza a mostrar múltiples patrones que recién estamos entendiendo. Pasó hace un rato, pero no entendíamos la magnitud.

    Cuando entra la Ndrangheta es porque ya tiene controlados los mercados a nivel macro para mover. Cuando están los albaneses es porque ya controlan las rutas de contrabando en sectores de Europa donde siempre han movido heroína y cigarros; ahora meten la cocaína y tienen ganancias enormes. Y tenemos tantos mercados ilícitos que no podemos hablar solo de cocaína. El oro ilegal de Perú, Colombia, Ecuador Bolivia puede ser más rentable que la cocaína. La destrucción de la Amazonía nace de esos nuevos mercados ilícitos. Entonces, estamos viviendo un momento nuevo, histórico, donde países que antes eran marginales ahora se pueden volver foco de interés muy rápidamente. Simplemente porque hay tantas cosas nuevas que pasan. Antes la pregunta era por qué mandar la cocaína por Montevideo; pero como hay tantos productos y actores, cualquier parte va a ser relevante.

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