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La estrella de la última edición de Museos en la Noche fue la sede del Museo Figari, cuya histórica casona, construida por el arquitecto José Raffo en 1914, fue recientemente restaurada y ampliada
Lo excepcional es por definición aquello que rompe la regla, nos aparta de la rutina y así genera en nosotros estímulos y expectativas, ansias de experiencias diferentes. Quizá sea esa la razón del éxito de la celebración de Museos en la Noche, la que año a año adquiere mayor relevancia, y ya se la siente, tras 19 ediciones consecutivas, como una cita cultural firme y consolidada.
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Esa es la percepción que tuve el pasado viernes 13 de diciembre, cuando a eso de las 10 y 30 de la noche yendo de un museo a otro por la Ciudad Vieja, me cruzaba con grupos de jóvenes —y no tan jóvenes— que iban de aquí para allá, entraban y salían de los museos, se reunían a decidir el próximo destino en la Plaza Zabala y en la Matriz o, simplemente, comentaban lo visto desde las mesas de un bar cerveza de por medio.
Y lo primero que pensé fue: ¿por qué no puede ser siempre así? No es necesario aclarar que las respuestas son obvias, pero no por evidentes hay que dejar de soñar con que algún día habrá un plan serio, estructurado y sostenido, que se enfoque en lo que todas las capitales de Europa han hecho para recuperar sus cascos antiguos. Como siempre, no hay nada que inventar, con imitar alcanza. Es más, Museos en la Noche es un ejemplo de ello ya que su origen es europeo, nació en Berlín en 1997 con la Lange Nacht der Museen (La Larga Noche de los Museos) y desde entonces no ha dejado de crecer y multiplicarse, incluso trasvasando las fronteras, como es el caso de La Noche Europea de los Museos que se realiza en más de 30 países de la Unión Europea a un mismo tiempo.
En Uruguay comenzó tímidamente en 2005, se fijó como fecha los segundos viernes del mes de diciembre y el horario de 19 a 24 horas. Pero los participantes no fueron más de una veintena y solo en Montevideo. El tiempo y la constancia hicieron el resto y hoy participan más de 120 instituciones culturales en los 19 departamentos del país. Sitios que, más allá de los clásicos y notorios, presentan propuestas tan interesantes como disímiles. Es el caso de las visitas guiadas en el Cementerio Central de Salto, las del Museo del Alfajor en Lavalleja o la ruta Montevideo Sonoro, un paseo por barrios y calles a través de las canciones que se vinculan con el lugar y en el que el participante con auriculares de alto alcance escucha las canciones mientras camina.
Ahora, lo interesante es que este año la Dirección de Cultura del MEC, que es la organizadora, buscó que los protagonistas fueran las colecciones y espacios arquitectónicos de los museos, sus historias y sus vínculos con la ciudadanía. Una idea que evitó las propuestas que no tienen relación con la razón de ser de la institución y que más allá de calidades y valores, abundaron en otras ediciones. Y como suele suceder, cuando hay consignas claras los resultados son eficaces y así, por ejemplo, se produjo una sorpresiva —y sorprendente— presencia de actividades que fusionaron tecnología y arte. Hubo mapping en la fachada del Museo Blanes, en la del Museo Zorrilla y en el Museo Nacional de Artes Visuales, una instalación que en tiempo real y por medio de IA (inteligencia artificial) permitía interactuar con las obras de la colección.
De todos modos, la estrella fue la presentación de la restauración y ampliación del Museo Figari, cuya sede está en la histórica casona construida en 1914 por el arquitecto José Raffo y que es desde 1999 Monumento Histórico Nacional. Tras arduos años de trabajo, se consiguió acondicionar la planta baja, el primer piso y habilitar el segundo, en donde se inauguró la Sala Ricardo Pascale en honor al escultor y expresidente del Banco Central del Uruguay fallecido a principios de este año. Un homenaje más que merecido para quien jugara un rol crucial en el nacimiento del museo y en la creación del Premio Figari. Y, finalmente, la restauración de la fachada y su iluminación la que, al caer la tardecita lució bellísima con sus amplios vanos simétricos, su elegante portal y su finísima herrería. La casa parecía salida de otro país, sus molduras y yeserías iluminadas daban testimonio de la calidad que supo tener nuestra arquitectura y del valor patrimonial de esa cantera de maravillas que es nuestra Ciudad Vieja, la que sigue languideciendo a la espera de algún gesto sensible.
Museos en la Noche va camino a ser un clásico. Y aunque sea tan solo una noche al año, una noche excepcional que nos promete una experiencia diferente, bien vale como reafirmación de la institución museo y de ese indispensable contrato no escrito entre los ciudadanos, su patrimonio y su cultura. ¡Larga vida a los museos … en la noche y todo el año!