“Es preciso que la vida del hombre se someta a ciertas reglas si quiere prolongarse; es preciso que los gobiernos impongan a menudo esas reglas. (…) ¿A qué criterio deben sujetarse los gobernantes? ¿Al de los oradores de barricada (…) y que nada pesan y nada valen, o al de los hombres que han probado que tienen un cerebro fuerte, una conciencia honesta, un saber profundo?”, decía en 1892 Francisco Soca