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Amazonas Ancestral, sexta Bienal de Montevideo en el Salón de los Pasos Perdidos del Palacio Legislativo
Hasta el domingo 30 se exponen obras de 34 artistas nacionales y extranjeros, entre ellas, las de los uruguayos Ricardo Lanzarini (Atelier amazonia) y la de Pablo Uribe (Parlamento)
Parlamento, instalación de Pablo Uribe en lo alto del Palacio Legislativo.
,Mientras se está desarrollando hasta el viernes 21 en Belém do Pará la conferencia sobre cambio climático COP30, en el Salón de los Pasos Perdidos del Palacio Legislativo se lleva a cabo la sexta Bienal de Montevideo: Amazonas Ancestral. Con curaduría del alemán Alfons Hug y cocuraduría del uruguayo Alejandro Denes, la muestra de arte, que reúne 100 obras de 34 artistas nacionales y extranjeros, se concibe como un aporte a la COP30, a la vez que se enmarca en las celebraciones por los 100 años del Palacio Legislativo.
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Entre la solemnidad de las columnas y los mármoles, aparecen obras que simbolizan el ambiente selvático brasileño, la situación de las comunidades indígenas y las raíces autóctonas nacionales. Búsqueda conversó con dos de los artistas uruguayos que exponen obras muy diferentes.
Ricardo Lanzarini representa en Atelier amazonia su visión de la selva en un dibujo de 10 metros donde aparecen sus personajes tan reales como paródicos. Por su parte, Pablo Uribe realizó una intervención site specific llamada Parlamento, que se ve al mirar hacia lo alto del Palacio Legislativo. Allí están las figuras de Abayubá y Zapicán, réplicas de las esculturas realizadas originalmente por Nicanor y José Luis Blanes y ampliadas por el escultor Edmundo Prati.
Ricardo-Lanzarini
Atelier amazonia, dibujo de Ricardo Lanzarini.
Ricardo Lanzarini
Lanzarini: “Nada más salvaje que el arte”
Sus personajes son rollizos y saltarines. Con ellos ha representado a figuras del poder (reyes, sacerdotes, políticos o militares) y a multitudes en movimiento. A veces sus dibujos son de grandes dimensiones y ocupan toda una pared o tan pequeños que entran en librillos de hojas para armar tabaco. Su última muestra fue en 2024 en el Centro de Exposiciones Subte y se llamó Electrocardiograma escultórico, en la que combinó mecanismos a pedal con sus grandes dibujos hechos directamente sobre la pared. Ahora Atelier amazonia, con sus 10 metros de largo, se distingue al fondo de la bienal. Y posiblemente no es lo que el público espera de la representación de la selva.
Lanzarini fue uno de los artistas invitados a visitar Manaos porque iba a crear una obra especial para la bienal. “Partí de la base de que lo más cercano que conozco de la selva es un cajón de brócoli los sábados en la feria. Quería referirme a la parte social de la selva amazónica, no salirme de mi temática, sino trabajar con mi concepción, que es lo social, las relaciones humanas, los intereses políticos y sectoriales. Entendí que no hay nada más salvaje, o que emerja de la naturaleza más profunda, como el arte. En el arte no estoy ligado a nada, ni a lo político, ni siquiera a mis ideas, porque las ideas van siendo devoradas por el proceso del arte. Así es como yo trabajo”.
A un costado de la exposición, saca dibujos de una carpeta y los extiende en el piso. La gente pasa y los mira con curiosidad. En cada dibujo hay una “escena”, el germen de su obra. “Me imaginé primero la idea de la selva en cinco escenas y cuando fui a Manaos corroboré esa idea. Partí de la convicción de que lo que quiere decir el artista ya lo tiene dentro, es un mundo en ebullición que siempre está encendido y necesita emerger”.
Y cuando el arte emerge en Lanzarini no respeta límites. “El arte tiene que desafiar los bordes”, dice. En sus escenas, el curador de la bienal aparece tomando mate, otro indígena tiene un micrófono y es la voz de la selva. Hay animales extraños y unos delfines que no parecen delfines.
Bienal-Lanzarini-adhoc
Atelier amazonia, obra de Ricardo Lanzarini en la Bienal de Montevideo 2025.
Javier Calvelo/adhocFOTOS
Manaos o la realidad paródica
Lo que puede desconcertar a quien vea Atelier amazonia es su costado festivo, sus indígenas bailarines, sus animales indescifrables.
“Considero que el indigenismo es una parodia, pero esta obra no lo es porque para mí esa es la realidad. Lo paródico es la realidad y en este dibujo están todos los estigmas de esa parodia: el arte naíf, la selva amazónica y los indígenas. Cuando uno va a Manaos, lo que ve al costado del río son una cantidad de barcas, un olor a mierda impresionante en la orilla y muchos intereses comerciales. Estos indígenas que yo dibujé son la realidad, te puedo asegurar que son así”.
Lanzarini explica que buscó el nexo entre lo salvaje del dibujo y la realidad que se va construyendo a partir del arte. Pero en el proceso de su inmenso dibujo no pudo ir viendo la totalidad de esa construcción. “Fue apareciendo en el vértigo, en los trazos, donde la tensión y la atención se posa en la totalidad y en los mínimos detalles por igual, que son como estallidos de la memoria que me guían. Es como estar buscándome en el dibujo, ya que no puedo hacer nada sin zambullirme, lo que voy haciendo en el papel es solo movimiento físico y fluidez”.
El gran comercio, el turismo y las dificultades de los indígenas para mostrar sus rituales fue lo que vio en Manaos. “Llegan miles de turistas y los indígenas hacen 10 o 12 exposiciones de sus danzas por día. Hasta los delfines están amaestrados. Uno se tira con un pescadito y vienen unos delfines gigantes como vacas. Un encargado del lugar me dijo que aparcen siempre y que son nueve. Esos indígenas tienen una gran dificultad en encontrar un sentido entre lo místico y lo turístico, que es de lo que viven. A esa realidad me refiero en la obra, por eso la titulé Atelier amazonia”.
Un muro verde. Esa es la selva que vio Lanzarini. “Es como un bloque que genera un misterio y es eso lo que uno proyecta de la naturaleza. En mi caso, nacieron una cantidad de animales que nunca me hubiera imaginado que iba a dibujar. Entré en un mundo de imágenes inesperadas. La selva es lo amoral. ¿Qué hay ahí dentro? De todo. Eso es lo que uno proyecta y lo que el otro proyecta de uno”.
Una de las obras que le impresionó en la bienal fue la de la artista brasileña Marcone Moreira: una gran serpiente que ubicaron en el piso, en el centro del salón, y está hecha de hélices de barcos. “Pasan barcos de todas las nacionalidades y esa obra muestra la materia que queda. En el río no están solo los lindos delfines. La artista con su obra mostró lo otro que está ahí abajo”.
Inauguracion-Bienal-Montevideo-Amazonas
Inauguración de Amazonia, Bienal de Montevideo 2025 en el Palacio Legislativo.
Javier Calvelo/adhocFOTOS
Y en Manaos, entre mucha artesanía naíf, Lanzarini encontró mucho humor en un artesano que dibujaba panteras en un cuadro pequeño. “Era un cuadrito ingenuo, pero ingenuo de verdad, porque a veces siento que el arte naíf es una imposición, como problema cultural eso me interesa. La realidad es más compleja que la sentimentalidad sobre ella”.
El COP30 y la bienal en el Palacio Legislativo
Para Lanzarini, las bienales son como un meteorito que cae y genera algo que la ciudad no se esperaba. “Siempre digo que las bienales tienen un problema y una virtud. Un problema es que no son institucionales; la virtud es que no son institucionales. Eso es genial, están en un límite impreciso”.
Y hablando de parodias, al artista le parece que el COP30 lo es, que ese evento mundial de gran magnitud redunda en funcionarios públicos, en aplausos y en falta de soluciones. “Es el tipo de relación que muestro en mi obra”, dice. “Quiero mostrar la complejidad, de pronto lo que es políticamente más correcto termina siendo simbólicamente perjudicial porque responde a parámetros que no son los que se quieren reivindicar”.
El Salón de los Pasos Perdidos tiene una presencia que se impone con sus mármoles y ornamentos. No es fácil montar allí una exposición. “Uruguay tiene la bienal que puede en el lugar que puede, hay que partir de esa base y es muy meritorio el esfuerzo organizativo para lograrla”, dice Lanzarini. Pero de inmediato agrega: “El lugar me parece espantoso”.
Más que el espacio físico le preocupa la parte simbólica, la relación muy próxima entre la política y el arte. “Esa armonía que subyace no me cae bien, preferiría otro lugar. Por supuesto agradezco que me hayan invitado y que se haya podido hacer, pero llama la atención ese carga de armonía. Este es el lugar que representa las leyes y a la ciudadanía, pero con el que el artista se siente muchas veces crítico.
Ahora Lanzarini está por sacar un libro con sus intervenciones urbanas y acaba de presentar en la Facultad de Arte de la Universidad Católica de Santiago de Chile Electrocardiograma escultórico, un libro sobre su exposición en el Subte.
Sobre las repercusiones de Atelier amazonia, cuenta el comentario de su hijo de 15 años: “Cuando la vio acá montada me dijo: ‘es bien roquera’. Y otro señora me dijo que creyó que era una obra hecha por un muchacho joven. Me pareció magnífico”.
Zapican-Abayuba
Parlamento, instalación de Pablo Uribe en lo alto del Palacio Legislativo.
Rafael Lejtreger-Aldo Giovinetti
Pablo Uribe: Zapicán, Abayubá y el diálogo con la historia
Hay que pararse lejos de la escalinata del Palacio Legislativo y mirar hacia arriba. Allí, como si fueran los custodios del edificio, se divisa al indio Zapicán y a su sobrino Abayubá, aguerridos, de color negro símil bronce, que contrasta con la blancura del mármol. La obra se llama Parlamento y pertenece al artista Pablo Uribe. “Fue pensada como un diálogo teatral. Eran representaciones del canon europeo pero que dialogan con lo nuestro”, dice el artista.
Y el diálogo no es solo con la historia y simbología del Palacio Legislativo, sino con su arquitectura y con sus otras esculturas. Ubicadas en las pilastras que flanquean el frontón de la fachada, Parlamento se integra al conjunto ornamental que había previsto el arquitecto Gaetano Moretti para el Palacio Legislativo. Otro diálogo se establece con las 24 cariátides que rodean el lucernario central del edificio.
Uribe ya había realizado una obra similar en el Museo Blanes en 2008 a partir de las esculturas originales que hicieron hacia 1880 Juan Luis Blanes (Abayubá) y Nicanor Blanes (Zapicán), guiados por la atenta mirada de su padre, el artista Juan Manuel Blanes. “Son las dos primeras esculturas hechas por artistas nacionales. La estatuaria anterior la hicieron escultores europeos. Los Blanes construyeron identidad”, explica el artista.
En 1930, el escultor Edmundo Prati hizo una ampliación de esas esculturas en el centenario de Uruguay, que son el doble de las originales. Ese es el modelo que tomó Uribe para Parlamento. Para elaborarlas, utilizó espuma de alta densidad, un material liviano para no perjudicar la estructura. Las esculturas pesan 60 kilos, tuvieron la intervención del escultor Federico Gauthier y en algunas partes se utilizó impresión 3D a cargo del artista Fernando Foglino. Fueron financiadas por la Fundación Banco República y una vez que se termine la bienal irán al Museo del Gaucho y de la Moneda. Para su instalación intervino la empresa Molidor, que está trabajando en la remodelación del Palacio.
“Me interesa este tipo de intervenciones, la producción y gestión es parte del trabajo. Esto fue una demencia por todas las autorizaciones que tuvimos que gestionar, el cateo, el cálculo del viento”, recuerda Uribe, a quien siempre le llamaron la atención los pilares truncos en el lugar donde ahora colocó su obra. Allí había proyectado Moretti instalar las esculturas que están en el jardín del Palacio, obras de Castiglioni, que nunca se ubicaron en lo alto.
Al artista le gustaría que la gente se pregunte si siempre estuvieron ahí, como una especie de ejercicio de la memoria. “Estuve pensando en hacerlas blancas, pero iban a pasar desapercibidas mientras durara la bienal. El color es un recurso para mirar el edificio. Por eso más que intervención me gusta la palabra reacción, reacción al edificio, al espacio”.
Zapicán, escultura de Pablo Uribe
Zapicán, una de las piezas de Parlamento, instalación de Pablo Uribe.
Rafael Lejtreger-Aldo Giovinetti
Una historia poco conocida
Zapicán es el que más le gusta a Uribe, tiene una capa de cuero de piel, una corona de plumas y unas boleadoras en las manos. Se nota que es el mayor. Abayubá tiene una especie de maza en la mano derecha y en su espalda arcos con flechas. También lleva plumas en su cabeza. “El brazo izquierdo lo tienen en la misma posición y a la misma altura. Blanes padre dio indicaciones exactas. Ambos tienen rostros aguerridos. Estuve leyendo cartas que Blanes padre le enviaba a su hermano Mauricio y era impresionante cómo estaba en todos los detalles”.
Blanes viajó con sus hijos a Italia, donde pensaba que debían formarse, y en ese viaje crearon las esculturas. “Están inspiradas en un cruce con la literatura, en poemas. Las esculturas tienen plumas, y al parecer los charrúas no las usaban, porque se ponían una especie de gorritos blancos. Pero los poemas se mezclaban con indígenas de otras culturas”.
Lo cierto es que se conoce poco sus historias. Zapicán venció a los españoles en 1573, pero luego murió al defender a un desertor español. Abayubá, su sobrino, heredó el cargo de cacique y murió peleando contra los conquistadores un año después.
Uribe leyó el trabajo de José Coitiño El indio heroico en la obra de Juan Manuel Blanes (y la de sus hijos), prácticamente el único estudio sobre monumentos indígenas. En su introducción dice: “Las obras de Blanes de ‘temática indígena’ han sido estudiadas de modo escaso y fragmentario. Los pocos trabajos existentes son muy interesantes pero examinan la imagen del indio como bárbaro y no la del nativo heroico construido a la ‘manera europea’. Fue esta representación la que trascendió en el tiempo y se proyectó mucho más allá del periodo decimonónico, teniendo aún hoy una importante pregnancia en el imaginario colectivo del Uruguay”.
Sobre la relación con el Amazonas, Uribe encuentra que en Abayubá y Zapicán hay una buena ancestralidad. “Hay muchos comentarios en redes tomando posición sobre los charrúas. Lo mío es un trabajo de arte”, dice.
Abayuba-Parlamento
Abayubá, escultura de Pablo Uribe de su obra Parlamento
Rafael Lejtreger-Aldo Giovinetti
Unidos y separados
Las esculturas que hizo Prati de Zapicán y Abayubá estuvieron juntas en varios puntos de Montevideo. Uribe tiene una foto sin fecha y están en el parque Rodó. También estuvieron en la plaza España, pero en dictadura, con la venida de los reyes de España, los sacaron de ese lugar. Con el gobierno de Julio María Sanguinetti colocaron en el pedestal donde estaba Abayubá a Isabel la Católica.
Ahora las estatuas están separadas: Zapicán en Punta de Rieles y Abayubá en el barrio que lleva su nombre, casi en la frontera con Canelones.
“Cuando hice la muestra en el Museo Blanes estaban en un depósito de la Intendencia de Montevideo. Una pena que los hayan separado porque es una obra familiar del padre dirigiendo a los dos hijos”, dice el artista.
Ahora Uribe de alguna manera los volvió a unir en lo alto, y allí estarán hasta el 30 de noviembre. Hay que ir a Amazonas Ancestral, hay mucho para ver hacia arriba, hacia el fondo y los costados, incluso en el piso. Hay también mucho para reflexionar.