Ray Bradbury pasó siete décadas construyendo una galaxia propia a fuerza de teclear entre mil y dos mil palabras diarias. Un cuento por semana, mínimo, era su consigna. “La cantidad —dice en Zen en el arte de escribir— redunda en calidad”. Seiscientos cuentos después, la editorial Páginas de Espuma condensa ese universo en un solo volumen, un río narrativo que fluye cronológicamente desde 1943 hasta 2009: desde El viento, el momento en el que, según el propio autor, dejó de imitar a sus maestros (Poe, Wells o Burroughs) para encontrar su propia identidad y voz, hasta Un encuentro literario, el último relato publicado. Detrás del proyecto está Paul Viejo, escritor, poeta, dramaturgo y traductor español, antecedido por su monumental trabajo como editor de los cuentos completos de Antón Chéjov, 4.500 páginas distribuidas en cuatro volúmenes.
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Nacido en 1978, Viejo estudió filología eslava y ha escrito narrativa (La madera y la ceniza), poesía (Extraña forma de memoria), teatro (Quinta Avenida esquina con qué) y hasta una monografía literaria sobre Sherlock Holmes. Ha ejercido como periodista cultural y crítico literario. Como traductor, trabajó en la Correspondencia 1899-1904 entre Chéjov y Olga Knipper, preparó la edición completa de Diario de un escritor de Fiódor Dostoievski y de los Cuentos completos de Antón P. Chéjov, dentro de la colección de clásicos de Páginas de Espuma.
“En el fondo, mi vocación es una no aceptada socialmente, que es la de lector”, dice Viejo desde su casa en Madrid, a través de una videollamada con Búsqueda. “Es decir, si a mí una persona me pregunta qué soy, le respondo ‘yo soy lector’. Para seguir siendo lector, escribiré y publicaré algunos libros. Para seguir siendo lector, publicaré los libros de los demás. Pero en el fondo todo es una excusa, igual que estudiar filología”.
La vocación de lector la cultivó desde temprano, primero en casa, luego en las bibliotecas. De hecho, el primer contacto de Viejo con la obra de Bradbury fue en las bibliotecas, esos sitios que el propio autor de Crónicas marcianas reivindicaba como centros de formación. “Iba a la biblioteca a leer a Bradbury, a leer El señor de los anillos, a leer poesía y, al mismo tiempo, leer a los rusos, con ese desconcierto adolescente de que en cada momento puede gustarte una cosa más que otra, pero, desde luego, con el reconocimiento de que lo que te gustaba era la literatura y con la sospecha de que era buena literatura”, recuerda. “Por supuesto, en esa época, siguiendo a Bradbury —como les ocurre a muchos lectores de ciencia ficción y de fantástico—, uno comienza a leer más autores: unos buenísimos, otros absolutamente malos, y es que, en ese despertar de la imaginación y en ese atractivo que tiene el género, uno perdona los atentados contra la literatura más insospechados, pero se lo sigue pasando bien. Ese también es el atractivo de la magia de la literatura: no hay que pedirle una sola cosa, cada uno recoge lo que considera adecuado para él, por suerte. Bradbury cumplía con las condiciones de ser bueno, perdurar para los demás y perdurar para mí”. Así comenzó el viaje por la galaxia Bradbury. “Desordenada, en español, sin saber qué estaba uno leyendo, simplemente disfrutando, para nada estudiándolo o contemplándolo desde la historia de la literatura ni desde el género del cuento. Eso vendría mucho después”.
Ese después surgió desde la familia de Bradbury. “La idea no parte ni de mí ni de la editorial. Surge porque, por primera vez, se libera la opción de hacerlo. Mientras Bradbury vivía, y durante los años posteriores a su muerte, los herederos cuidaron que su obra no se publicara de manera diferente a como él la había proyectado: por volúmenes temáticos, como Crónicas marcianas, El hombre ilustrado o Las manzanas doradas del sol. Eso era intocable. Se hicieron dos antologías en vida, en la década de 1980, pero incompletas”.
La familia —principalmente las hijas, asesoradas por agentes literarios— decidió cuidar el legado y darle otra perspectiva para que no cayera en el olvido. “Hemos visto grandes escritores con obras maestras que dejan de leerse. Hemingway es laureadísimo y, sin embargo, no necesariamente se lee”, comenta el editor. A través de las agencias estadounidense y española llegó la propuesta a Páginas de Espuma, que ya contaba con cuentos completos de Balzac, Gógol y Chéjov. La pregunta inicial fue doble: si tenía sentido colocar a Bradbury junto a esos clásicos, y si tenían sentido unos cuentos completos. Según Viejo, no había ninguna duda.
Hace una década, advierte el editor, el contexto era otro: “Era mucho más fácil proponer los cuentos completos de Chéjov que un volumen así de Bradbury. La pregunta sería: ¿pero ese hombre no escribe ciencia ficción? Y con eso se incluye: ¿pero no escribe literatura menor?. Hemos aprendido a leer mejor. Aceptamos mejor el género fantástico”.
Paul-Viejo
Paul Viejo, editor a cargo de la antología de cuentos de Ray Bradbury
Isabel Wagemann
Antología, no cuentos completos
La obra de Bradbury se compone de cerca de seiscientos cuentos generados a partir de un proceso creativo singular. “Él hacía versiones de sus propios cuentos. A veces, en su juventud, para venderlos dos veces, ya que las revistas estadounidenses pagaban. Pero, sobre todo, cuando repasaba uno ya escrito, era probable que esa idea variara y generara otro. Entonces, si hacíamos los cuentos completos, lo que ocurriría es que tendríamos seiscientos relatos, evidentemente con partes repetidas. Eso, al lector contemporáneo, al que no es filólogo, al que no requiere una historia exacta de cómo ocurrió quizá no le interese del todo”.
En Páginas de Espuma plantearon una selección de 116 cuentos presentados en orden cronológico, algo nunca antes ensayado. “Uno piensa que el orden de los libros publicados en vida es el orden de Bradbury. No es así. Dentro de esos volúmenes él jugaba con lo último que había escrito, con el primer cuento que recogía de un cajón y lo reescribía”. La lectura cronológica muestra que en Bradbury no hay etapas delimitadas, hay una constelación, una interconexión. Siempre está en movimiento. “Esta lectura lo revela como alguien interesado por lo fantástico, por lo realista, por lo misterioso, todo al mismo tiempo y durante setenta años, hablando de amor y de familia y, también, de marcianos. Pensábamos que hablaba de marcianos en mitad de su vida y al final se dedicó a rememorar. No: lo estuvo haciendo continuamente. Eso solo lo permite la lectura cronológica”.
Hallazgos, inéditos y desconocidos
“No hay textos secretos, no aparece de repente un Bradbury erótico censurado”, confiesa Viejo. Sin embargo, quien haya tenido una lectura parcial encontrará, por supuesto, materiales nuevos. Cuentos policíacos y cuentos irlandeses, por ejemplo. “Pero el que lo conociera más a fondo va a reconocer a su familia, a la familia bradburiana”.
Sobre los textos no traducidos, Viejo prefiere hablar de “desconocidos” antes que de “inéditos”. Lo explica así: “De la primera época quedaban cuentos sin publicar en libro, o publicados solo en revistas. En otra parte, había versiones que el lector en español no había leído o cuentos aparecidos en la revista Sur o en revistas de ciencia ficción que pasaron desapercibidos. Bradbury hacía algo aceptable literariamente pero tramposo editorialmente, escribía veinte cuentos y los convertía en una novela, como El vino del estío. Es interesante volver a leer esas piezas tal como fueron concebidas”.
Algunas traducciones recuperaron títulos originales, como Marte es el cielo en lugar de La tercera expedición. El ruido de un trueno ahora se titula, muy acertadamente, Se oyó un trueno. “Es el propio juego de Bradbury como creador: primero se publica como Marte es el cielo en una revista, luego pasa a la historia como La tercera expedición. Cuando se cumplen cincuenta años de Crónicas marcianas y los editores estadounidenses quieren un volumen especial, él dice: ‘Voy a rescatar la primera versión’”.
Otra novedad. Con esta edición, por primera vez la voz de Bradbury en español la asume un único traductor: Ce Santiago. Traductor de William H. Gass y T. C. Boyle, entre otros, Santiago fue aprendiendo las particularidades de la prosa para ofrecerla “como si fuéramos lectores nativos de Bradbury: no los de un libro de Bradbury, sino los del autor Bradbury”.
El proceso completo demandó dos años de trabajo. “Hay secretos editoriales que se convierten en variables. El papel utilizado se llama biblioprint, uno de los mejores papel biblia: permite meter muchas páginas sin que pesen, que el libro se abra bien. Pero tiene una limitación en la encuadernación: más allá de cierto número, empieza a complicarse”. De ahí el límite implícito de mil quinientas páginas. Para el prólogo se valoraron varios nombres, entre ellos, Rodrigo Fresán, “el gran padrino de Bradbury antes de nosotros”. Eligieron a la española Laura Fernández (Connerland, La señora Potter no es exactamente Santa Claus), quien suele estar más asociada a Thomas Pynchon o Kurt Vonnegut. Sin embargo, para Viejo tiene un perfil muy cercano al del propio autor, una manera afín de concebir lo fantástico. “Laura es un ser de otro mundo como lo era Bradbury. En el fondo hay un hermanamiento muy sólido”. Y, además, ella misma les dijo: “Es imposible que yo no escriba este prólogo”.
El volumen contiene también ilustraciones de Arturo Garrido, encargado del rediseño de la colección de clásicos de la editorial. La negociación con los herederos fue compleja: la familia Bradbury creó una marca registrada que regula hasta la tipografía y los colores con que puede aparecer el nombre del autor. “Si te fijas en la nuestra —pero si lo pones en internet en cualquier edición reciente—, esa B que se achica, esa A más estrecha que la D, todo eso está medido e impuesto. Es decir, tú no puedes publicar una portada poniendo ‘Ray Bradbury’ de cualquier manera. Incluso, siendo estrictos, no puedes hacerlo con cualquier color. En ese punto hubo mucha negociación para poder personalizarlo de alguna manera, para que esto tampoco se apartase de la colección de la editorial. Es decir, que la familia Bradbury lo reconociera al mismo tiempo que los lectores de Páginas de Espuma reconocieran las páginas de Páginas de Espuma”. Ahí fue el gran reto para Garrido, que revisitó los dibujos que el propio Bradbury hacía, doodles, pequeños dibujitos de marcianos, de gatos, de gente acumulándose y demás, que los hacía en esquinas de un cuaderno, en momentos de aburrimiento, en las convenciones de ciencia ficción. Garrido trazó, a su manera, los dibujos que hubiera dibujado Bradbury rápidamente en alguna página de Vendrán lluvias suaves, La hora cero o El peatón. “Fíjate lo riesgoso que era eso: decirle a la familia ‘vamos a colocar a un artista imitando a tu padre’. Pues lo aceptaron, emocionadas”.
Cuando por fin le envió el índice a Alexandra, la hija menor, la misma que mecanografiaba los cuentos de su padre, Viejo estaba asustadísimo. “¿Me lo aceptarán?, ¿me lo rechazarán?, ¿lo habré hecho bien? Yo estaba seguro, pero estás enfrentándote a un legado. Después, ofrecer la portada, y después ofrecer todo. Y tengo que decir que su respuesta fue desde la emoción, desde el saber que habíamos hecho un buen trabajo, que lo habíamos hecho con cariño, no solo editorialmente, no solo utilizando el nombre Bradbury, sino que lo habíamos hecho por Bradbury”.