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    Gestores de derechos de autor piden al gobierno uruguayo normas para proteger obras frente a la inteligencia artificial

    El director general de la Cisac, la organización que agrupa a sociedades de gestión de autores y compositores de todo el mundo, llegó a Montevideo para dialogar con autoridades sobre cómo garantizar que los artistas reciban compensación cuando la inteligencia artificial usa su música, libros o contenido creativo

    Recientemente, a Björn Ulvaeus, el autor de buena parte de los clásicos de ABBA y actual presidente de la Confederación Internacional de Sociedades de Autores y Compositores (Cisac), le mostraron una canción hecha en Suno, uno de los más usados creadores de música mediante inteligencia artificial (IA). La consigna dada al sistema había sido simple: “Escribe una canción sobre chicas a las que les gusta bailar, al estilo disco de los 80”. El resultado se parecía tanto a Dancing Queen que era difícil distinguir si era una imitación o una copia. “Björn, esto no es inspiración, ¡es ABBA cantando! Deberían pagar por esto”, le comentó Gadi Oron, director general de la Cisac.

    Esta anécdota, que Oron comparte con Búsqueda con una mezcla de asombro y preocupación, resume el motivo del debate que lo trajo la semana pasada a Montevideo. En un mundo en el que la tecnología avanza a pasos agigantados, la industria creativa se enfrenta a una encrucijada existencial: ¿cómo proteger el valor del trabajo humano cuando las máquinas pueden replicarlo, y a menudo lo hacen, sin pagar derechos por ello?

    Oron, quien lidera la Cisac —una red global que representa a más de cinco millones de creadores a través de 230 sociedades de gestión, como la uruguaya Agadu—, está en un recorrido internacional para dialogar con gobiernos y legisladores. Su advertencia es directa: si no se regula la IA generativa, “el sustento de los artistas está en grave peligro”.

    “Las compañías de IA no tienen negocio sin utilizar el trabajo creado por humanos. Tienen que pagar por esto”, le dice a Búsqueda con contundencia. El problema, explica, es que estas empresas tecnológicas escanean masivamente canciones, libros, guiones y obras visuales para entrenar sus modelos, y luego generan contenido nuevo sin pedir permiso ni ofrecer una compensación. “Cuando escribes una canción, te van a explotar para crear otra en base a la tuya, sin pagarte nada”.

    El impacto económico no es menor. Un estudio encargado por la Cisac proyecta que, de no mediar regulación, las pérdidas para los creadores podrían alcanzar los 4.000 millones de dólares en los próximos cinco años. “Es un enorme riesgo. Si nos preocupa nuestra cultura y los valores de una sociedad que protege a sus creadores, tenemos que regular esto”, advierte.

    Oron-Gadi
    Gadi Oron, director general de la Cisac.

    Gadi Oron, director general de la Cisac.

    La batalla por la transparencia

    El principal campo de batalla, según Oron, es la transparencia. “Solamente las empresas de IA saben cómo están utilizando y cómo venden o promocionan la música. Para poder legalizar esto, ellos tienen que decirnos qué están haciendo”, reclama.

    Esta falta de información crea un mercado opaco en el que es imposible rastrear el uso de obras preexistentes. Además, afecta directamente al consumidor. “Tenemos derecho a saber si estamos escuchando algo creado por inteligencia artificial o por un humano”. En este sentido, Orón destaca la iniciativa de la plataforma francesa Deezer, que comenzó a identificar y reportar el contenido generado por IA, un primer paso que el resto de los gigantes del streaming aún no ha dado. “Las demás ni siquiera lo reportan y no quieren ni siquiera controlarlo. Y creo que todos sabemos por qué”, desliza, apuntando a los beneficios comerciales de difundir música producida por IA sin las obligaciones de licencia que implican las obras de artistas.

    El marco que pide la Cisac

    La propuesta que la Cisac presenta a los gobiernos de todo el mundo se apoya en tres ejes centrales: transparencia obligatoria —para que las empresas de IA documenten y revelen qué obras protegidas utilizan en el entrenamiento de sus sistemas—, consentimiento de los creadores y remuneración justa. “La ley tiene que ser clara: las empresas de IA deben contar con la autorización de los autores para usar sus obras, otorgar la licencia correspondiente y, además, pagar por ello. Para eso necesitamos la ayuda de quienes toman decisiones”, resume Oron.

    Aunque Uruguay es un mercado pequeño, el directivo de la Cisac lo ve como un actor influyente en este debate. “Es un país muy estable y su legislación también lo es. Puede tomar el liderazgo y ser un gran ejemplo para los demás”, asegura a Búsqueda. En esa misma línea, Alexis Buenseñor, presidente de Agadu y anfitrión de la visita, remarca que otros países ya discuten con mayor rapidez la protección de los creadores y destaca la necesidad de que Uruguay fije pronto pautas legislativas claras. Oron coincide, y señala que en Sudamérica Brasil y Chile ya dieron pasos iniciales en esa dirección, y subraya el rol de las sociedades de gestión, como Agadu: “Somos la cara visible de los creadores. Las empresas de IA tienen que dirigirse a nosotros para pedir autorización; podemos permitir o no permitir el uso de las obras, asegurando que los derechos estén protegidos”.

    Inteligencia-Artificial-Estudio-Grabacion

    El “salvaje Oeste” de la IA

    La polémica sobre el uso de obras protegidas por copyright en la IA se extiende por todo el mundo. Las grandes tecnológicas defienden sus prácticas, argumentando que entrenar modelos con contenido protegido no equivale a copiar o distribuir, sino a analizar patrones mediante aprendizaje automático. Desde su perspectiva, hablar de que la IA se apropia de obras protegidas es tan ilógico como acusar a un compositor de apropiarse de canciones ajenas cuando se inspira escuchando discos antes de crear su propia música. Exigir permiso o pago por cada obra utilizada, sostienen, sería técnicamente inviable y limitaría el avance de la tecnología.

    Del otro lado, muchos artistas advierten sobre los riesgos de un mercado sin regulación. Elton John y Paul McCartney han pedido al gobierno británico reforzar las leyes de derechos de autor para proteger a los creadores frente al uso no autorizado de su música por IA. Critican reformas que permitirían a las compañías entrenar sus modelos con obras protegidas, y alertan sobre un “salvaje Oeste”, donde la creación musical se produciría sin control ni compensación.

    Embed - Paul McCartney reacciona a la IA - Nota BBC con Laura Kuenssberg #musica #paulmccartney #ia

    El conflicto ya llegó a los tribunales. En Alemania, la Sociedad de Derechos Musicales (Gema, por sus siglas en alemán) demandó a empresas como OpenAI y Suno por usar obras protegidas sin autorización para entrenar sus modelos de IA. En Estados Unidos (EE.UU.), creadores y sellos discográficos, como Universal, Warner y Sony, también han iniciado acciones legales contra startups y servicios de IA por el uso no autorizado de canciones, reclamando compensaciones millonarias y derechos de licencia.

    Las compañías se defienden argumentando que su uso de las obras está permitido bajo el concepto de “uso justo” (fair use), una excepción legal limitada principalmente a EE.UU. que permite utilizar contenido protegido sin compensación. Ahora los tribunales deben definir hasta dónde alcanza esta figura en estos nuevos casos de uso tecnológico. Como explica Oron a Búsqueda: “No niegan haber usado las obras: dicen que está bien usarlas sin pagar. Eso es lo que está en juego”.

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    Así se ve la portada de suno.com.

    Así se ve la portada de suno.com.

    En 2025, empresas de IA de todo el mundo enfrentan una oleada de demandas por usar libros, música y otros contenidos con copyright para entrenar sus modelos generativos sin autorización. Casos mediáticos, como el de Anthropic —que acordó pagar 1.500 millones de dólares a miles de autores, titulares de derechos y editores que demandaron a la empresa por descargar ilegalmente millones de libros—, evidencian el aprovechamiento de obras sin permiso. Además, sellos discográficos y estudios de cine buscan indemnizaciones por la creación de obras derivadas que reproducen elementos protegidos.

    En paralelo, el lobby tecnológico presiona para limitar el alcance de las leyes. La Unión Europea aprobó en 2023 la primera regulación de IA que incluye obligaciones de transparencia y pago de derechos, pero su implementación enfrenta resistencia. “Meta, Google, las grandes plataformas presionan para que la norma quede vacía de contenido. Si no peleamos, vamos a perder el poder frente a la IA”, advirtió Oron.

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    Diego Drexler, Gadi Oron, Alejandro Sánchez, Alexis Buenseñor y Rafael Fariñas —director de Cisac para América Latina y el Caribe— en la visita a Torre Ejecutiva.

    Diego Drexler, Gadi Oron, Alejandro Sánchez, Alexis Buenseñor y Rafael Fariñas —director de Cisac para América Latina y el Caribe— en la visita a Torre Ejecutiva.

    Creadores vs. big tech

    La negativa de las grandes tecnológicas a sentarse a negociar no es nueva. Oron traza un paralelismo con la llegada de YouTube, que durante años argumentó no tener control sobre el contenido que subían sus usuarios. “Eventualmente tuvieron que terminar pagando porque sabían que les iba a compensar”, recuerda.

    A pesar del poder de lobby de gigantes como Google y Meta, Oron se muestra convencido de que, como en cada disrupción tecnológica anterior, la balanza terminará inclinándose hacia la protección del creador. El principio de la gestión colectiva, nacido en el siglo XIX cuando un compositor se negó a pagar un café hasta que el dueño del local le pagara por tocar su música, sigue siendo igual de relevante. “Hoy la conversación es con Google, con Apple, con Amazon. Cada creador individual es débil”, reflexiona. “El poder está cuando trabajan juntos en sociedades. En 10 años, la tecnología será distinta, pero el principio de unirnos para proteger nuestras obras será el mismo”.

    Mientras tanto, la industria creativa observa con preocupación cómo la ley intenta ponerse al día con la tecnología, antes de que, como advierte la Cisac, “las ganancias de los artistas se diluyan en un mercado cada vez más dominado por la IA”. En ese marco, Oron se reunió con el secretario de Presidencia, Alejandro Sánchez, para discutir la necesidad de avanzar hacia un marco legislativo de regulación durante el próximo año. Sánchez expresó su apoyo y propuso crear una instancia regional de diálogo. Durante el encuentro también se confirmó que Uruguay será sede del Comité Latinoamericano de Cisac en 2026 y que, en 2029, Montevideo recibirá la Asamblea Anual de la organización.

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    Creatividad artificial

    Pero no todo es amenaza: la IA también puede ser una herramienta para potenciar la creatividad de los propios artistas. Oron reconoce que, bien usada, la tecnología puede ayudar a componer y producir música, aunque advierte que siempre debe respetar los derechos de quienes crearon las obras originales. Según encuestas de sociedades de gestión, más de la mitad de los compositores menores de 30 años ya la utilizan como apoyo creativo. “La IA puede ser como un piano o un software de grabación: una herramienta en manos del creador. Pero incluso en esos casos, el origen de todo está en obras humanas escaneadas sin permiso. Ese es el punto: transparencia”, destacó.

    Ulvaeus, el hombre detrás de ABBA, utiliza la IA para crear un nuevo musical y respalda su potencial creativo. Aun así, la experiencia con Dancing Queen refleja los riesgos: “Si hasta los grandes artistas ven sus canciones replicadas nota por nota por máquinas, imaginen lo que significa para los jóvenes compositores que dependen de cada reproducción para vivir. Que su trabajo sea tomado sin permiso es injusto e insostenible”, advierte Oron. Para proteger la creación, concluye, hacen falta reglas claras que distingan lo humano de lo artificial y definan quién debe recibir remuneración. “Proteger a los creadores es un principio de más de 200 años y debe continuar en la era de la inteligencia artificial”.

    Embed - ABBA - Dancing Queen (Official Music Video)

    Cómo la IA extrae música

    Las grandes tecnológicas, como Google, Microsoft, Meta, OpenAI y X, utilizan canciones protegidas por derechos de autor para entrenar a sus sistemas de inteligencia artificial, de acuerdo con un extenso expediente de la Confederación Internacional de Editores Musicales (ICMP) divulgado por la revista Billboard a principios de setiembre.

    El documento, resultado de dos años de trabajo, reúne registros públicos, archivos de código abierto, materiales filtrados y peritajes independientes. Allí se muestra que canciones de The Beatles, Beyoncé, Ed Sheeran, Bob Dylan, Mariah Carey o The Weeknd forman parte del material empleado para “alimentar” modelos que hoy generan melodías, voces y letras con una similitud sorprendente a las originales.

    La ICMP sostiene que se trata de un uso “masivo y a escala mundial” que excede lo que hasta ahora se había reconocido. Para obtener las obras, las compañías recurren al scraping, una técnica en la que programas automatizados recorren la web y copian archivos de manera masiva y sistemática, sin autorización de sus dueños. “Creemos que lo hacen a partir de servicios con licencia, como YouTube y otras plataformas digitales”, señala la organización en el informe.

    Los ejemplos abundan, según la ICMP: el chatbot chino DeepSeek ha replicado letras de Sabrina Carpenter y Edith Piaf; Gemini, el asistente de Google, reprodujo fragmentos de Taylor Swift o Aya Nakamura, y generadores como Suno y Udio producen canciones que imitan la voz y el estilo de los Beatles, Depeche Mode o los Beach Boys.

    Incluso OpenAI, la empresa que creó el ChatGPT, reconoció a ICMP que su sistema de creación musical Jukebox fue entrenado con un conjunto de 1,2 millones de canciones, muchas de ellas protegidas, incluyendo obras de Elton John, Madonna, Drake, Frank Sinatra y Ariana Grande.

    Embed - Lynyrd Skynyrd - Sweet Home Alabama (Lyric Video)

    Demandas judiciales en EE.UU. también han mostrado cómo Claude, el modelo de Anthropic, llegó a reproducir letras completas de American Pie de Don McLean, Sweet Home Alabama de Lynyrd Skynyrd, Halo de Beyoncé y Uptown Funk de Mark Ronson & Bruno Mars, entre otras canciones conocidas.

    El expediente de la ICMP advierte que no se trata de casos aislados, sino de una práctica estructural que desafía la legislación vigente y coloca en el centro del debate la transparencia y la compensación a los creadores.

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