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    'Kallocaína', novela distópica de la sueca Karin Boye

    Escrita años antes de la Guerra Fría y de 1984 de Orwell, el libro es una advertencia sobre los excesos de los gobiernos totalitarios

    A diferencia de su prima optimista, la utopía, la distopía es hija del siglo XX. La utopía hunde sus raíces bien al fondo de la antigüedad clásica. La distopía surgió en la primera mitad del siglo pasado como respuesta a los horrores totalitarios. Aunque hay ejemplos anteriores, se podría decir como simplificación que toda la narrativa distópica consta de apostillas y ficcionalizaciones de Los orígenes del totalitarismo de Hannah Arendt. Aunque no tengan conexión entre sí, el germen de toda novela distópica está en las teorías planteadas por Arendt. Una distopía, en concreto, es una sociedad futura en la que todo salió muy mal. Y nada sale peor que en un totalitarismo bien entendido, como el siglo XX dejó muy claro. Toda distopía es, entonces, la extrapolación de tendencias sociales cercanas, vivitas y coleantes.

    En este nuevo siglo la narrativa distópica goza de una especie de Edad de Oro. Tanto es así que en el imaginario popular prácticamente ocupa el lugar de un género entero, la ciencia ficción. Incluso se popularizó un nuevo subgénero muy rozagante y rendidor, la distopía juvenil, en sagas de libros que no demoran nada en pasar a la pantalla de cine a veces con más éxito que otras. Es así que tenemos Los juegos del hambre, The Maze Runner o Divergente, todas distopías cortadas con la misma tijera: sociedades futuristas donde la gente vive en condiciones degradantes aplastada por gobiernos totalitarios que manejan tecnologías estrambóticas. Digamos todo: en esta corriente, la distopía es una excusa para mostrar excitantes y trepidantes aventuras de rebeldía adolescente. Advertir sobre los riesgos de la deshumanización en la sociedad no es una prioridad en estas narrativas, o al menos no es lo importante comparado con mostrar las peripecias de jóvenes energéticos con espléndidos pelazos.

    Tan popular se volvió la narrativa distópica que se la confunde y solapa con otro género, el posapocalíptico. Una novela distópica necesita como componente central la descripción de una estructura social compleja y coherente que oprima a sus habitantes. Lo que queda del mundo después de alguna catástrofe (una guerra nuclear, el agotamiento de los recursos naturales, una plaga zombi, una invasión extraterrestre, la mutación del virus de la culebrilla, lo que sea) y las penurias de los sobrevivientes sumergidos en la anarquía no es la misma cosa. La carretera, la saga de Mad Max o la reciente serie basada en el juego homónimo Fallout son ficciones posapocalípticas, no distopías.

    Hay varias explicaciones para la popularidad de ambos géneros. La más factible se basa en una observación del crítico marxista Fredric Jameson: “Es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”. La frase fue retomada por el filósofo (marxista) Slavoj Zizek y ampliada y contextualizada por el crítico Mark Fisher (sí, también marxista, los intelectuales de la derecha parecen estar bastante cómodos y despreocupados con el posible derrumbe de todo). O sea, luego del fin de la Guerra Fría y del inicio del predominio mundial absoluto del capitalismo, las contradicciones y los excesos del sistema quedan sepultados por el individualismo extremo, y esto impide cualquier posibilidad de imaginar una alternativa: todos los futuros visibles donde la norma no sea trabajar ocho horas a cambio de una Coca-Cola tibia son catastróficos. Colectivamente, no podemos imaginar una salida, así que nos regodeamos con ficciones donde nos cobran el metro cúbico de aire respirable o donde los invasores del planeta Tralfamadore nos usan para tirar los carritos en los que les gusta pasear.

    El modelo sueco

    Hay una especie de Santa Trinidad de novelas distópicas, piedra de toque del género. Se trata de Un mundo feliz de Aldous Huxley (1932, deshumanización farmacológica), 1984 de George Orwell (1949, deshumanización a secas) y Fahrenheit 451 de Ray Bradbury (1953, deshumanización intelectual). Más recientemente a la tríada se le agregó un cuarto elemento, El cuento de la criada de Margaret Atwood (1985, reeditada en 2017), que amplía los posibles campos de opresión al género y la reproducción. Todas ellas cumplen con la premisa básica del género: una sociedad futura opresiva en la cual el individuo es reducido a una insignificancia en manos del Estado todopoderoso y su lucha es por mantener lo que pueda rescatar de su condición humana. Un buen método para diferenciar el solapamiento de géneros del que se hablaba antes es fijarse si el personaje central está más preocupado por la preservación de su alma individual o por cazar una rata para la cena.

    Hay muchos otros ejemplos de distopía aparte de estos cuatro, algunos prístinos, otros discutibles. Dentro de los primeros, la editorial española Gallo Nero rescata un ejemplo notable de 1940, la novela Kallocaína de la sueca Karin Boye. Y es notable no solo por su trama, sus cuestionamientos y sus predicciones (¡videovigilancia en todas partes, en 1940!), sino porque daría pie a hacerle unas cuentas preguntas incómodas al rey de la distopía, el propio George Orwell.

    En Kallocaína nos encontramos en el consabido gobierno totalitario, el Estado Mundial, compuesto por un número indeterminado de ciudades subterráneas cada una dedicada a una tarea específica. Los habitantes de cada ciudad no saben casi nada de las otras, ni su ubicación ni nada, de hecho no saben casi nada de absolutamente nada, porque su nación está en guerra perpetua con otra (hola, Orwell), el Estado Universal, con la cual se reparten el mundo, y toda la información se considera secreta. A diferencia de las distopías clásicas, en las que el proceso de control absoluto de la mente de los ciudadanos por parte del Estado es un proceso en marcha (como en 1984 con los planes de implementar la neolengua, que impida pensar) y el drama se basa en la resistencia que el individuo pueda poner a ese proceso, en Kallocaína la sumisión del individuo ya es completa e irreversible. Cada habitante del país (y, nos enteramos luego, lo mismo ocurre con los habitantes de la nación enemiga) vive por y para el Estado, llevando unas vidas agobiantes, tediosas y estructuradas minuto a minuto, sin posibilidad ni ganas de cambios.

    Leo Kall vive en una ciudad dedicada a la industria química (así se llama, Ciudad de la Química número 4), junto con su esposa, Linda, y sus dos hijas más chicas. Su hijo mayor, habiendo cumplido ocho años, ya vive en un campo de educación donde le enseñan a ser un ciudadano útil.

    Kall descubre un suero de la verdad que es el sueño dorado de todo gobierno totalitario. Cuando se lo inyecta a cualquier persona, esta de inmediato comienza a contar lo que tiene más oculto en la mente, incluso aquello de lo que no es del todo consciente. Bajo el control de su supervisor Rissen, Kall experimenta con su suero en las cobayas humanas que el Estado le suministra. No son prisioneros ni criminales, sino que hay toda una categoría de ciudadanos que se presentan como voluntarios para cualquier experimento que esté en curso, para mejor servir al Estado. No es sorprendente que los que todavía sobreviven están bastante descangallados pero, a los efectos del experimento de Kall, sirven.

    Casi de inmediato queda claro que para el Estado el suero de Kall es inapreciable. Si bien es cierto que los ciudadanos están absoluta e inequívocamente domados y controlados, la kallocaína abre todo un nuevo mundo de posibilidades para llegar hasta el fondo de sus conciencias. Con el invento de Kall el Estado puede hundir sus garras ya no en sus cuerpos, sus pensamientos o sus ideas sino en su misma esencia, en sus sentimientos, en lo que son, en lo que ni ellos mismos conocen sobre sí mismos. No solo no pueden mentir ni ocultar, el suero los obliga a desnudar sus almas. Los innominados y no vistos regentes de la nación se refriegan las manos de gusto.

    Y lo que debería ser para Kall el triunfo supremo, haber prestado un servicio invaluable al Estado y contribuido a afianzar más aún el control sobre sus ciudadanos, se ve empañado no por pruritos morales o dudas filosóficas, sino por esos dobleces del alma que justamente el Estado pretende erradicar: inconveniencias como los celos o la envidia, que estorban en el camino a la sumisión absoluta del individuo al Estado.

    Karin Boye nació en Gotemburgo en 1900 y se suicidó en la misma ciudad en 1941. Fue poeta, novelista y acuarelista y miembro muy activa del grupo cultural socialista Asociación Clarté, que editaba una revista del mismo nombre. En 1932 viajó por un año a Berlín, donde descubrió el psicoanálisis y su sexualidad (dejó a su marido e invitó a una joven intelectual judía a irse con ella a Suecia, donde convivieron hasta su suicidio). También pudo ver en vivo y en directo el ascenso del nazismo, experiencia para nada menor de cara a la escritura de su última y más conocida novela y a la depresión que sufrió en sus años finales.

    En Suecia su obra es muy conocida y apreciada. Kallocaína fue traducida a varios idiomas, muy probablemente al inglés. Habría que investigar un poco sobre las fechas de traducción, si es que pasó, y cómo se distribuyó el libro. Orwell, no hay que olvidarlo, aunque no se pretenda sugerir nada, trabajó en una librería de usados.