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La embestida cinematográfica de ‘Sirât’: así es el fenómeno del cine español candidato a los Premios Oscar
La candidata a Mejor película internacional llega a los cines uruguayos tras su estreno, de la mano de su guionista, en el José Ignacio International Film Festival
Stefania Gadda, Tonin Janvier, Richard Bellamy y Sergi López en Sirât.
La proyección de Sirât en la clausura del José Ignacio International Film Festival (JIIFF), el pasado 31 de enero, se lució con el destello de un relámpago y cayó con la fuerza de un rayo. Sobre la playa, en la Bajada de los Pescadores, la función transcurrió con una luna casi llena.
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Que la película pudiera verse al aire libre resultó un bálsamo para un evento que, bajo un halo festivo, dejó al público con un nudo en la garganta. En el sector ocupado por participantes, invitados y el personal del festival nadie se fue, pero más atrás sí hubo abandonos.
Unos días después,Sirât —que a Latinoamérica llega con el subtítulo Trance en el desierto— se estrena hoy en cines uruguayos dentro de una cartelera abundante y disputada. Además de algunos entretenimientos ligeros, la persistencia del terror como género dominante y el reestreno aniversario de la trilogía de El señor de los anillos, en salas hay seis de las 10 nominadas como Mejor película en los próximos Premios Oscar. Y no son las únicas con el visto bueno de la Academia.
A Sirât la nominaron como Mejor película internacional, por España, y competirá, además, en Mejor diseño de sonido. Con ese doble reconocimiento, y con el Premio del Jurado en Cannes y cinco Premios del Cine Europeo en su haber, se volvió un mojón dentro del cine español. Logró en un solo movimiento igualar el hito de figuras como Pedro Almodóvar o J.A. Bayona y posicionar a su director, el franco-gallego Óliver Laxe, en el centro de la conversación cinéfila mundial.
Óliver Laxe, director de Sirât
Óliver Laxe, director de Sirât.
Quim Vives
Hasta ahora, Laxe era un cineasta respetado en el circuito de festivales, pero sin proyección masiva. Las nominaciones —la de Mejor sonido con un equipo íntegramente femenino es histórica— cambiaron esa ecuación. Y el fenómeno, según registró la prensa española, fue más allá de los reconocimientos cuando la película se convirtió en un éxito inesperado.
Superó los US$ 2,95 millones en taquilla en España y lideró durante 12 semanas consecutivas la cartelera de salas de autor, desbancando a estrenos comerciales. La prensa local la coronó como el “blockbuster del verano” del cine independiente.
Que la distribución en Estados Unidos esté a cargo de Neon, la misma que se encargó de llevar Parásitos (Bong Joon-Ho, 2019) a la gloria, también habla de una inserción del cine español en el circuito internacional que dejó de ser excepcional y se volvió parte de una lógica de una industria madura que no abandona su identidad.
En ese sentido, Laxe parece recibir la posibilidad del Oscar sin estridencia, como la confirmación de una apuesta arriesgada. “Sirât es una película que no toma rehenes. Es radical, es audaz, y que una película así haya llegado aquí tiene muchísimo mérito”, dijo el director en declaraciones recogidas por El Mundo tras el anuncio de las nominaciones, durante un encuentro en el Espacio Movistar Plus+ de Madrid. “En el arte no hay ganadores ni perdedores. Haber hecho nuestra peli, compartirla, ya es un éxito. Cuando intentas hacer una película honesta, ya ganas”.
Bailar, bailar, bailar
Existe un puente llamado Sirat que une infierno y paraíso. Se advierte al que lo cruza: su paso es más estrecho que una hebra de cabello, más afilado que una espada.
El texto compone el primer fotograma de la película. Una cita extraída de la tradición islámica que funciona como advertencia y delimita el terreno que la cámara está a punto de recorrer. Cuando por fin se revela, resulta ser un desierto de montañas. Son naranjas y parecen ancestrales.
En esa vastedad, similar a la del comienzo de 2001, Odisea del espacio, la primera acción registrada no es animal, sino humana. Un grupo de hombres coloca, una por una y al rayo del sol, una fila de parlantes. Son negros y están cascoteados. Los apilan como un altar moderno, listo para que suene la primera nota divina.
Y suena. No como un efecto más, sino como la columna vertebral de la experiencia. El equipo organizador del JIIFF lo tuvo presente y su proyección en un entorno abierto debió esforzarse por replicar la inmersión envolvente de una sala de cine. La exigencia tenía, además, una razón narrativa. Lo que llegaba con la película no era una celebración cualquiera, sino la fiesta del fin del mundo.
Un mundo que, efectivamente, se está desmoronando. Circulan rumores de una guerra que escala en Mauritania, hay despliegues militares en la lejanía y reina una sensación de que, ahora sí, se armó la gorda.
Precisamente hacia esa última fiesta se dirigen, empujados por la desesperación, Luis (Sergi López) y su hijo Esteban (Bruno Núñez). Atraviesan el desierto marroquí en busca de Mar, su hija y hermana, desaparecida hace cinco meses. Una pista los lleva hasta una caravana de ravers nómadas, seguidores de una cultura de fiesta electrónica itinerante, que avanza hacia una celebración final en lo profundo del desierto. Su esperanza es encontrarla entre el polvo y el ritmo incesante de una música sin fin.
Comunión de mutilados
Rodaje de Sirat
El rodaje de Sirât se dividió entre Marruecos y España.
Quim Vives
Filmar Sirât fue una locura. Se necesitaron un centenar de personas, entre técnicos, sonidistas, actores no profesionales y ravers, para rodar durante días, sobre camiones, en el desierto marroquí y en los Monegros españoles. El plan incluyó jornadas que parecen ir en contra de todo manual de producción, desde el armado de una fiesta real de tres días y tres noches en Teruel, para que la cámara se infiltrara y lograra captar un trance genuino, hasta cargar pesados equipos de sonido envolvente y cámaras de super-16 mm por paisajes donde el acceso era una lucha contra la arena y el calor.
Detrás de semejante esfuerzo está, precisamente, Laxe, un director de 43 años que vive retirado en las montañas de Os Ancares y cuyo ritmo de trabajo, una película cada cinco años, lo ubica en las antípodas de la frecuencia industrial.
Su trayectoria en Cannes ha sido exitosa. Con tres películas, ganó premios en cada una de sus apariciones en el festival francés desde 2010. En vez de apostar por el entretenimiento convencional, Laxe dice buscar un visionado sensorial cercano al ritual, con una admiración declarada por el cine contemplativo del ruso Andrei Tarkovsky.
El origen de Sirât, sin embargo, es más personal que programático. En entrevistas, el propio Laxe ha reconocido que pasó años cultivando una imagen pública de cineasta espiritual y sereno, una suerte de monje laico del séptimo arte, hasta que decidió desarmar esa máscara y explorar su propia vulnerabilidad y mortalidad.
El punto de partida fue el deseo de filmar la inmensidad del desierto y la energía cruda de la cultura rave, antes de que un guion tradicional atentara contra la frescura y el peligro del concepto original. Laxe encontró en los travelers, ravers nómadas que viajan entre fiestas clandestinas, que él define como una “comunión de mutilados”, personas que exponen sus heridas a cielo abierto, lejos del control social. Era lo que buscaba. Alguien que no fingiera una paz inalcanzable, sino que bailara con sus cicatrices a flor de piel.
Ese hallazgo definió la película. Laxe toma el concepto del puente como eje y su película propone un viaje sensorial en el que el sonido y la imagen buscan que el espectador enfrente su propia finitud. La película, descrita por su director como una “terapia de choque”, desarma toda expectativa con un giro traumático en su punto medio. A partir de allí, todo el dispositivo de filmación apunta a responder una pregunta que el director planteó de forma directa en una entrevista con The New York Times: “¿Puedes imaginar tu muerte bailando?”.
Un rito de pasaje
Laxe no respondió esa pregunta solo. Parte de la clave para traducir su visión en un guion está en el cineasta y profesor de cine cordobés radicado en Barcelona, Santiago Fillol, su coguionista desde hace más de 20 años.
“Somos una familia de cine”, explicó Fillol a Búsqueda, previo a presentar la proyección en el JIIFF. “Con Óliver estamos enlazados cuánticamente. Él marca siempre como un deseo de filmar algunos espacios. Aquí era el desierto y una rave en el desierto. Y antes que una historia, lo que quiere es estar sintiendo un espacio, un lugar”.
El proceso de escritura, según describe Fillol, fue orgánico y opuesto a la ilustración de una idea preconcebida. “Nosotros trabajamos esencialmente a base de imágenes. Dejamos que algunas imágenes, que no sabemos de dónde se nos depositan, nos vengan a visitar. Porque, si vos escribís algo y después usás una imagen para ilustrar lo que escribiste, es una imagen más chamuscada, más rancia. Como una verdura que se puso pocha”.
Este proceso de “escuchar” imágenes los condujo directamente hasta los ravers. Para Fillol fue una lección poderosa. Descubrió una tribu con convicciones profundas que encarna lo que el pensador Peter Lamborn Wilson llama “zonas temporalmente liberadas”, comunidades efímeras que surgen y se disuelven. En palabras del guionista, en un mundo en el que “es imposible comprarte una casa y el estado de bienestar es papel de fumar”, estas personas logran lo fundamental, construir comunidad. Y lo hacen en estado de exposición, bailando sus heridas a cielo abierto. Ahí reside para él un acto casi ancestral, tocar la tierra al ritmo de la música, levantar polvo y entrar en un pulso colectivo que trasciende lo individual.
Para Fillol, el paralelismo con la sala de cine es claro e intencionado. “Las raves tienen algo muy equiparable a la sala de cine: estás viviendo algo muy íntimo, pero conectado con un montón de gente. El cine popular logra esos pequeños milagros de que toda la sala viva una emoción al mismo tiempo. Nosotros reivindicamos eso: que el cine puede ser un lugar para hacer un rito de pasaje”.
En su colaboración con Laxe, el guion nunca tuvo un punto final. Era un documento vivo durante todo el proceso, que solo se cerraba en la posproducción. Buscaban que estuviera manchado, tachonado y reescrito, pero, sobre todo, contaminado por las personas para las que escribían. Los actores, los ravers y hasta el desierto mismo. Esa lógica llevó a Fillol a permanecer durante todo el rodaje, integrado en lo que en broma llamaban “la secta”, el núcleo formado junto a Laxe, el director de fotografía Mauro Herce y la sonidista Amanda Villavieja. “Trabajamos buscando cómo afinar la energía”, dijo.
Al estreno en Cannes lo describió como un acto de fe y vértigo. “Estábamos todos agarrados, tocándonos, con el corazón así… pensando ‘igual no funciona, igual esto se cae a pedazos’”, recordó. El recibimiento y recorrido posterior a aquel estreno internacional los tomó por sorpresa. “Nos llaman un accidente industrial. Es un gran piropo. No nos esperábamos que este ovni generara esto. Pero creemos que había sed de ir a las salas de cine como un templo, para tener una experiencia, para pegarte un viaje, no solo para comprender una historia”.
Para Fillol, el viaje de Sirât y el de su creación se resume en una idea taoísta. “Uno no camina para llegar, sino que es el camino. En algún momento siento que estoy caminando por donde tengo que caminar, y listo”, reflexionó.
Sin salida
Embed - SIRÂT: Trance en el Desierto - Trailer Oficial
El golpe de Sirât es innegable. Su inmersión sensorial constituye toda una arremetida, y su primera hora es un ejercicio cinematográfico cautivante. Desde ese comienzo, con la instalación de los altavoces como una edificación, la rave como punto de encuentro y la búsqueda de la hija perdida en un caos que se desvanece en el trance, hay una osadía formal y un anhelo de ambición palpables.
Sin embargo, toda osadía revela sus límites. Cuando la tragedia irrumpe en la mitad de la película, en un giro seco y devastador, finamente construido, la narrativa no siempre parece sostenerse con la misma solidez. El sufrimiento que se despliega puede percibirse, en su intensidad sostenida, como arbitrario, un golpe dramático más grandilocuente que orgánico. La imagen, tan poderosa en su construcción, corre el riesgo de fascinarse con su propio relato épico, y el mérito monumental del rodaje en ocasiones parece pesar más que la necesidad de otorgar un sentido narrativo pleno al dolor que exhibe.
El paralelismo que Laxe y Fillol establecen entre el viaje físico y el interior es claro en el discurso, pero en la pantalla puede volverse ambiguo e, incluso, estático. Hablan de un rito de paso, de atravesar el miedo. Sin embargo, ese viaje a veces se asemeja a un callejón sin salida, hermosamente fotografiado pero evasivo en su propósito dramático. El impacto de Sirât se resiente cuando la idea del sacrificio artístico, en este caso, el despojo de la historia convencional, no logra reemplazarla por una coherencia interna igual de robusta, dejando en el aire la sensación de que sus audacias, por impresionantes que sean, no tienen un territorio emocional definitivo al que conducir.
Un accidente industrial
A pesar de estas tensiones, o quizá potenciada por ellas, Sirât hizo un recorrido meteórico y el primer paso decisivo lo dio en el escenario hipercompetitivo del Festival de Cannes.
Con una trayectoria de 15 años, Laxe, un habitual del festival francés, logró por primera vez un lugar en la Sección Oficial, compitiendo por la Palma de Oro. La crítica catalogó su propuesta como monumental e inclasificable. No solo se alzó con el Premio del Jurado 2025, sino que se convirtió en la película más debatida de la edición. El jurado valoró su libertad creativa y su voluntad de riesgo, un respaldo que Laxe interpretó como un permiso para “reencantar el mundo”.
“Es una locura que hayamos ganado un premio en Cannes. Es muy muy difícil. Estar aquí ya era un premio, pero hemos subido cuatro ligas de repente. Esto equivale a más libertad, a legitimar el trabajo que estoy haciendo con mi equipo y a seguir en la misma línea. Hemos entendido el mensaje: lo que quiere la gente, lo que saborea la cinefilia internacional, es cuando hay cineastas que siguen tomando riesgos”, dijo en declaraciones a la prensa internacional tras recibir el premio.
Tras Cannes, Sirât inició una gira internacional que incluyó festivales como Toronto, Londres y Tokio. El reconocimiento no se limitó a los certámenes. La película arrasó en los Premios del Cine Europeo con cinco galardones técnicos y sumó nominaciones en los Globos de Oro, los Critics Choice Awards y los BAFTA. Recientemente, sumó una candidatura a los Premios César en la categoría de Mejor película extranjera, consolidando su influencia en el circuito franco-español.
Producida por El Deseo, la productora de Almodóvar, con el respaldo de la plataforma Movistar Plus+, en España la película se convirtió en lo que su equipo, como dijo Fillol, denomina un “accidente industrial”, una película de autor radical que superó el millón de espectadores entre España y Francia. El éxito comercial también vino acompañado de una reacción polarizada. Se registraron casos de espectadores que abandonaban las salas antes del final, abrumados por la intensidad de la propuesta o por el desagrado.
Un debate en torno a Sirât se ha centrado en la etiqueta de “cine de la crueldad”, atribuida a Laxe por la frialdad descarnada con que aborda ciertas tragedias en la película. Algunos analistas y espectadores han interpretado esta actitud como una suerte de sadismo cinematográfico.
El director, sin embargo, rechaza esa lectura. Defiende que su película es una “terapia de choque” necesaria contra la comodidad del cine comercial. Junto Fillol, conciben el filme como un “gimnasio del alma”, donde el dolor actúa como un agente de transformación y autenticidad, no como un sitio de tortura gratuita.
Así, lo que comenzó como una apuesta arriesgada culminó en una validación que continúa. Las nominaciones al Oscar no son solo un reconocimiento a la audacia de Laxe y su equipo, sino la confirmación de un público global dispuesto a ser desafiado, aun a costa de su propia incomodidad. Como si el viaje de la película hubiera sido predicho en su propia gestación, Fillol tuvo palabras para explicarlo. “Sentíamos cuando lo estábamos haciendo que algo poderoso andaba dando vueltas”.