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    Se reeditó el primer libro del chileno Benjamín Labatut, autor de los éxitos ‘Un verdor terrible’ y ‘Maniac’

    La Antártica empieza aquí es el título de este conjunto de cuentos publicados por primera vez en 2010, después de haber ganado el premio Caza de Letras 2009 en México

    Benjamín Labatut tiene entre sus referentes a Jorge Luis Borges, a sus compatriotas Roberto Bolaño y Samir Nazal, al alemán Max Sebald y al director de cine Werner Herzog. Labatut es un escritor chileno nacido en Holanda, en 1980, original y culto, aunque suele decir que, a diferencia de Borges y Bolaño, que se enorgullecían de sus muchas lecturas, prefiere la vida a los libros.

    Llegó al mundo en Róterdam, pasó su infancia en La Haya, vivió en otros países y a los 14 años se radicó en Santiago de Chile, donde estudió en la Universidad Católica, trabajó en una oficina y fue periodista.

    Luego de su premiado libro de relatos sobre ciencia, Un verdor terrible(2020), traducido a 35 idiomas, se convirtió en escritor a tiempo completo. La obra trata, entre otras cosas, sobre Karl Schwarzschild, el teniente judío alemán que escribió una carta a Albert Einstein con cálculos que predijeron los agujeros negros, desde las trincheras de la Gran Guerra.

    Durante una entrevista con Búsqueda después de la edición de Maniac, que narra acerca del extraordinario matemático húngaro John von Neumann, Labatut explicó su punto de vista: “La lógica de la literatura no es la fría lógica de Von Neumann, sino la que muestra que las cosas tienen un valor y su opuesto. Y nos recuerda que por mucho que escudriñemos la realidad, una gran parte del ser humano va a seguir siendo un misterio. Por eso la literatura es como un estudio de la sombra. Es el minotauro en el laberinto. La ciencia tiene su método, mientras que la literatura no tiene sistema, y justamente por eso te abre un camino hacia lo desconocido”.

    Prehistoria de una obra

    Una década antes de la gran proyección mundial, salió a la venta su primer libro de cuentos: La Antártica empieza aquí, en una coedición de la Universidad Autónoma de México y la editorial Alfaguara, después de haber obtenido el premio Caza de Letras 2009.

    Este año, luego de que el autor realizara la reescritura, la poda y el cambio de algunos nombres, la editorial Anagrama publicó una nueva edición con seis cuentos, algunos de los cuales involucran experiencias eróticas juveniles de sus amigos.

    El más extenso y autobiográfico da nombre al libro. Cuenta la historia de un periodista cultural que, enfrentado a la necesidad de presentar una propuesta interesante durante la reunión de edición para prolongar, al menos un tiempo, su permanencia en la publicación, recurre a la historia de un poeta y militar que había organizado una expedición a la Antártica, que es el nombre que usan los chilenos para lo que el resto llamamos Antártida.

    El cuento, escrito en primera persona, retrata el clima que se vivía en la redacción de la revista y los problemas del periodista, primero, para convencer a sus descreídos jefes de que ese relato valía la pena y, luego, para escribir de un tirón esa historia que involucra, en principio, a dos militares, uno de ellos un capitán-poeta desaparecido y a otro medio loco.

    La situación laboral del joven que luchaba por convertirse en escritor era muy frágil: “Era ridículo, pero en esa época la literatura me generaba un deseo incontrolable. Prácticamente no dormía para poder leer y era incapaz de salir de casa sin llevar varios libros en la mochila”. El narrador también confiesa que se pasaba horas leyendo en el baño y debido a eso sus compañeros pensaban que sufría de los intestinos. “Hasta el día de hoy asocio la marca de cloro que usaba el personal de aseo con los diarios de Gombrowicz y el olor a mierda ajena con algunos de mis poetas favoritos”, agrega sobre sus recuerdos de aquel largo tiempo en los retretes.

    Igual que lo hará en otros libros, el autor solo una vez se nombra a sí mismo por su apellido, y así traza su perfil: “Tenía 25 años, no había escrito ni siquiera un cuento, no tenía plata, ni polola, descuidaba mi salud y fumaba pitos (porros) todo el día, pero supongo que de alguna forma lograba verme como un hombre valiente, cuando en realidad era solo un pendejo”.

    Como el protagonista nunca viaja a la Antártica y de la expedición no vuelve ningún soldado, el cuento y su título pueden ser leídos como una metáfora de lo inalcanzable, difícil y desconocido, y de alguna manera un adelanto de los intereses que tendrá Labatut en sus nuevos libros, en los que abandona la ficción y enfrenta problemas de la ciencia con una perspectiva oscura y literaria.

    Luego sigue el cuento La cura de Ana, una historia muy intensa en la cual la protagonista está internada en el Centro porque padece de una enfermedad de la piel. Quien lo lee se enfrenta a otro tipo de problemas humanos, que no son el frío.

    En Países Bajos, un relato tan verosímil como loco, el protagonista es Constantino Cooper, un jugador chileno de fútbol integrante del ADO Den Haag de la ciudad de La Haya. Cuando deja el deporte, el personaje se empieza a dedicar a la prostitución, una actividad que realiza en su propia casa. “Constantino —sostiene Labatut— ejerce la prostitución como había jugado al fútbol: casi siempre en silencio. El acto tiene algo de ritual. Ha perfeccionado una rutina que parece satisfacer a la mayoría, pero lo importante es observar, adaptarse a los gustos del cliente, fundirse con el deseo del otro”.

    Marcos y Julia son los protagonistas de Casa de campo, un relato en el que también aparece la figura de una empleada de call center e, igual que en otros, se repiten, a veces con sutileza, el sexo, el porno, las drogas y las pesadillas.

    “En una hora puede hacer más de doscientos llamados. Si tiene suerte, logra dos ventas al día. Para soportar el tedio toma ácido, fuma marihuana y traga pastillas. Le cortan, la insultan, la tratan de ladrona, de argentina de mierda. A veces se pone a llorar en la mitad de una conversación”.

    Benjamín Labatut.

    Benjamín Labatut.

    El cuento más extraño y con una estructura más compleja es Deseo, la peripecia de un travesti que es contada, en paralelo, por un periodista argentino y otro chileno, que al final se conocen.

    El libro se cierra con una historia de la cual el periodista Labatut fue parte como entrevistador. Está situada en los últimos días de un extraordinario y verdadero saxofonista chileno que permanece en una cama rodeado apenas de casetes con las grabaciones de cientos de sus solos. El músico ha llegado a esa situación después de una vida intensa y de haber tocado con los mejores intérpretes de jazz, entre ellos, el pianista cubano Bebo Valdés: “El mismo Bebo que había tocado con Nat King Cole (…), que había dirigido el Tropicana durante su época de gloria, cuando Rita Montaner se subía al escenario a calentar a los gringos con su voz de terciopelo, una voz que se te hundía en el pecho y te agarraba de las bolas”, recuerda.

    Al desgrabar la entrevista, Labatut le hace decir a Alfredo Espinoza, el legendario músico chileno que está a punto de morir: “Fueron los años más felices de mi vida. Aunque tal vez esté equivocado, porque uno recuerda las cosas como quiere. Tal vez estos sean los mejores años de mi vida, esta cama, esta pieza, este cerro en Valparaíso, esta ropa con hoyos”.