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Una atmósfera espesa recibe al público que ingresa al histórico Teatro Stella en estos días. El espacio enmarcado por esa gran herradura que alberga a casi 400 personas entre platea y tertulias está más turbio que nunca. Al fondo, un muro hecho de ropa colgada en perchas. Estamos en una tintorería, metáfora madre que define el concepto dramatúrgico y el código visual de esta puesta en escena. Decenas de prendas colgadas en perchas dispuestas en un gran semicírculo dividen en dos el escenario. En lo alto del recinto, sobre los espectadores, varios cuerpos (maniquíes) colgados. En lo alto, al fondo, un músico de pie frente a un teclado sintetizador ejecuta en vivo la banda sonora. La atmósfera sonora es tan densa como la visual. Una sinfonía de la desesperanza y la alienación. En el escenario, que ha sido ampliado con una plataforma sobre las primeras filas de butacas, irrumpen los personajes de esta historia, que parecen salidos de Mad Max o de alguna otra saga cinematográfica posapocalíptica. Desde el sábado 1º está en cartel en el Teatro StellaPerro muerto en tintorería, la obra consagratoria de Liddell, y es muy apropiado y coherente que la encargada de hacerlo posible sea María Dodera.
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Se trata de la directora ideal para introducir en Montevideo el teatro de la española Angélica Liddell (Figueras, Cataluña, 1958), una de las creadoras más destacadas de la escena europea actual, cuyo teatro aún no era conocido en Uruguay. Tan es así que Liddell (su apellido real es González, pero eligió Liddell en clara referencia a Alicia Liddell, la musa inspiradora de Lewis Carroll en Alicia en el país de las maravillas) es la directora elegida este año para el espectáculo inaugural del Festival de Aviñón, el más importante del mundo, cuyo eje será, por primera vez, el teatro de habla hispana.
Con más de 40 producciones en los últimos 35 años, Dodera ha delineado una estética propia, definida por la disrupción, por la extrema crudeza de sus atmósferas, pobladas de personajes extraños, que parecen siempre al borde del abismo. El teatro de Dodera no suele ser naturalista ni figurativo (salvo excepciones, como su retrato de Simone de Beauvoir actuado por Gabriela Iribarren). En la saga de obras de Gabriel Peveroni que escenificó (Sarajevo esquina Montevideo, El hueco, Groenlandia, Berlín, Shangai y Luna roja, entre otras), así como en trabajos más recientes, como Último encuentro y Slaughter, el escenario es siempre extremo, poblado de seres que están siempre en crisis, siempre próximos a algo extraordinario y trascendental (con la muerte como posibilidad siempre cercana). Los escenarios de Dodera contienen (casi) siempre un generoso despliegue escenográfico, de vestuario, luces, maquillaje, utilería y música. Son habituales en sus obras personajes dehumanizados, andróginos, híbridos y transgénero. Incluso en su reciente incursión lorquiana con la Comedia Nacional (La zapatera prodigiosa, en 2023), Dodera impuso su sello directriz, en forma coherente con el imaginario del icónico autor andaluz: un despliegue de color y de grandilocuencia interpretativa cargado con nítidas referencias contemporáneas, de lo queer al hip hop.
Dodera dirige aquí a seis intérpretes (tres actrices y tres actores) y además sale a escena durante unos breves minutos, al inicio de la obra, para representar un breve prólogo. Desde su título, esta obra se presenta como una visión absolutamente personal y subjetiva de la autora, una poderosa representación metafórica de la vida en sociedad en las grandes ciudades. El escenario es el sitio donde se lava la ropa sucia, se quitan las manchas, se subliman las impurezas, y el asesinato, aparentemente involuntario, casi sin pensarlo, del perro por parte del tintorero representa la inexorable omnipresencia de la violencia, producto de la propagación del miedo y de la paranoia como reflejos irreflexivos ante cualquier hecho novedoso. Todo provoca incertidumbre y pánico. Y los habitantes de este relato son meros instrumentos humanos de ese destino autodestructivo al que está condenada la especia humana.
Perro muerto 2.jpg
Alejandro Persichetti
En el rubro actoral, brillan Leonor Chavarría y Daiana Torena, secundadas con oficio por Patricia Fry y la rama masculina del elenco, compuesta por Sebastián Silvera, Anthony Alan y Daniel Plada. Otros puntos notables del espectáculo son las luces de Nicolás Amorín, los decorados de Sebastián Silvera y el vestuario diseñado por Florencia Rivas, vestuarista uruguaya radicada en Lima, donde ostenta una destacada trayectoria, y que siempre dice presente en las puestas de Dodera. También se luce el compositor e intérprete Fede Deutsch, uno de los históricos de la vanguardia electrónica local, otro denominador común en casi todas las puestas de Dodera desde hace dos décadas.
Perro muerto en tintorería es una manifestación pública ficcionalizada, es la clara dramatización de una intención discursiva, escrita con vocación más poética que narrativa. En esta acumulación de escenas, los personajes están al borde del paroxismo. Así lo quiere la autora y así responde la directora para construir una puesta en escena vibrante, plena de dinamismo, al borde del pico de saturación de los sentidos. “Me preguntan por qué quiero llevar a escena a Liddell hoy en 2024 en Uruguay —dice Dodera en el programa de mano— y yo respondo: no es que quiera, necesito. Como diría ella: Es el dolor-humanidad que se me impuso de manera atroz”.
En ese teatro del exceso, Dodera se mueve como pez en el agua. Alerta al público: quien guste de un teatro sereno, donde los diálogos fluyen en calma, no se acerque al Stella. Hay otras opciones minimalistas y realistas en cartel. Aquí lo que sucede es un aquelarre de adrenalina en la que el “enemigo” está al acecho, el ser humano está enfermo de ansiedad y miedo a morir, y solo puede escapar hacia adelante. Pocas veces los demonios que azotan la vida en las grandes ciudades han sido escenificados con esta crudeza.