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    Nostalgia en el arte y en la lencería

    ¿Qué vínculos pueden tener una canción de los Bee Gees, un poema de Borges, una foto de la infancia y las prendas negras de encaje en oferta? Estas son algunas de las preguntas de Algo que quiero contarte, newsletter de temas culturales

    En gallego es morriña, en portugués es saudade y en general para el mundo hispano es nostalgia. Asociada con momentos felices del pasado —o que se perciben felices en la evocación— y que causan dolor porque ya no regresarán, la nostalgia ha sido fuente de inspiración de poemas, canciones, películas y pinturas.

    Sin embargo, la primera vez que se usó la palabra no fue en el arte, sino en la medicina. Un estudiante suizo llamado Johannes Hofer la empleó al presentar en 1688 su tesis médica. Con la palabra nostalgia, de etimología griega (nóstos, “regreso”; algía, “dolor”), sintetizó los síntomas que sufrían algunos pacientes que estaban lejos de su patria: confusión, trastornos del sueño, palpitaciones, continua tristeza.

    La anécdota sobre Hofer la cuenta el filósofo español Diego S. Garrocho en su libro Sobre la nostalgia, en el que habla de esta añoranza que con los años dejó de asociarse solo con la tierra lejana y con una enfermedad y pasó a ser un sentimiento frecuente hacia momentos del pasado. El recuerdo de ese tiempo que ya fue produce una mezcla de cariño, felicidad y dolor, y puede ser engañosa.

    Sobre la nostalgia

    “Muchas son las experiencias inolvidables de una vida y en toda biografía se custodian memorias irrepetibles de días felices, anécdotas luminosas y escenas a las que nos gustaría regresar de nuevo. Ojalá siempre quede un sitio al que volver. No solo se hace imposible olvidar lo que fuimos (...) sino que a veces la memoria, aviesa y sagaz, resuelve maquillar y ornamentar aquello que pudo ser un sencillo acontecimiento ordinario. Casi nadie está dispuesto a asumir que sus memorias son perfectamente mediocres y prescindibles”, dice el autor.

    Los uruguayos, tan propensos a la tristeza en las canciones y en la literatura, no somos una excepción para la nostalgia que siente cualquier persona en el mundo. O tal vez sí. Tenemos una noche destinada no a hundirse en los recuerdos sino a bailarlos. La historia es más que conocida y tiene fecha de comienzo: 24 de agosto de 1978 en la discoteca Ton Ton Metek. Esa noche, el empresario radial Pablo Lecueder organizó una fiesta que tenía como intención promover su programa Old Hits en el que transmitía música de los 60 y 70, especialmente anglosajona. Sin pretenderlo, produjo un fenómeno que se continúa multiplicando. Como muestra, el domingo 24 hubo más de 100 fiestas en todo el país.

    Pero lo más peculiar es que en Uruguay la fiesta nostálgica está legislada. En 2004 el Parlamento reunido en Asamblea General votó la Ley 17.825 por la que se denomina oficialmente Noche de la Nostalgia a la del 24 de agosto, además de incluirla en los eventos turísticos del país.

    Viejos hits nacionales e internacionales, vestidos brillosos, pelucas, cotillón y lencería sensual. Se festeja en salas de baile y en hoteles de alta rotatividad. La nostalgia uruguaya se monetiza; es una fuente laboral y de placer.

    ¿Integrará la tan mentada “excepcionalidad” del país? ¿Qué vínculos puede tener una canción de los Bee Gees, un poema de Borges, una foto de la infancia y la lencería negra?

    Mi nombre es Silvana Tanzi y esta es una nueva entrega de Algo que quiero contarte, newsletter de temas culturales. Si querés escribirme con comentarios, sugerencias o contarme qué te produce nostalgia, podés hacerlo a [email protected].

    ____________

    Camino por 18 de Julio un día antes de la Noche de la Nostalgia porque quiero inspirarme para esta newsletter. En las tiendas se reitera la palabra rebajas de todas las formas posibles. Me llama la atención una vidriera en la que pegaron tiras cruzadas de papel con esa palabra reiterada. El resultado es una serie de cruces, como si el vidrio estuviera enfermo o a punto de quebrarse. Entonces entro.

    En el local se escucha Gloria Gaynor con I Will Survive. No me da nostalgia, pero sí ganas de cantar. Camino entre los percheros de los que cuelga mucho cuero negro (digamos que imitación cuero), minifaldas, pantalones, chaquetas con tachas o sin tachas. Cada tanto, se mezcla algún chaleco animal print. Gloria ya terminó de cantar y me voy antes de que empiece el próximo enganchadito disco.

    Entro a otro comercio que suele estar siempre de liquidación. Allí suena Bicho bicho de Los Fatales. No me da ninguna nostalgia, pero sí ganas de mover los pies torpemente hacia un costado y otro, uno-dos, uno-dos. Me imagino a las empleadas con hábiles coreografías detrás del mostrador, pero es solo producto de mi fantasía. No hay nada especialmente atractivo en la ropa a la venta, todo parece de segunda mano, aunque no lo es. Me voy antes de que termine la canción.

    La siguiente tienda es más elegante, la música es suave y funcional, tal vez porque estoy llegando tarde a la tanda de oldies. Allí no se usa la palabra rebajas; la ropa está en sale. Sigue el cuero negro, pero más caro que en otros lados. ¿Será cuero?

    En las vidrieras de las lencerías las prendas en rojo y negro son las protagonistas más provocadoras. Con portaliga o sin portaliga. Con encaje o sin encaje. Hay corsets y ropa interior con muchas tiritas que parecen difíciles de administrar. En algún programa había escuchado que los hoteles de alta rotatividad tienen las reservas completas para el domingo 24. Y allí están las lencerías para recordar que no es cosa de festejar con la ropa íntima de siempre, descolorida por los lavados.

    La-nostalgia
    La nostalgia, de Erik Varela Ravelo.

    La nostalgia, de Erik Varela Ravelo.

    Regreso a mi casa y escribo algunas ideas, sobre todo preguntas. ¿Qué tiene que ver el consumo con la nostalgia?

    Tal vez la respuesta sea simple y quien se compra un soutien con encajes solo quiere disfrutar esa noche, sin darle mucha vuelta al asunto. De todas formas, la nostalgia sí puede desatar mecanismos para la venta y el consumo. No voy a citar ninguna teoría de marketing, sino a un personaje de ficción: Don Draper, el genial protagonista de la serie Mad Men. Si no la viste, no sé qué estás esperando.

    Draper es el brillante director creativo de una agencia de publicidad de los años 60 ubicada en la Avenida Madison de Nueva York. Seductor, inteligente y exitoso, engaña a su esposa con todas las mujeres que se le cruzan en el camino, esconde su verdadera identidad, fuma y bebe sin control. Un personaje complejo, de esos que dan ganas de conocer, a veces para pegarle, a veces para felicitarlo. Un gran personaje.

    Hay una escena memorable en la que Draper tiene que venderles a los directivos de Kodak una idea para promocionar uno de sus nuevos productos: un aparato llamado La Rueda que a modo de carrusel proyecta diapositivas en la pared. Los directivos no están muy convencidos de que vaya a tener éxito, pero Draper les dice algo que aprendió en su primer trabajo: “La tecnología es un señuelo brillante. Pero existen raras ocasiones en las que el público puede involucrarse más allá del flash si crea un lazo sentimental con el producto (...). Nostalgia. Es delicado, pero potente”.

    Y empieza a proyectar con La Rueda las fotos de su casamiento, de su esposa embarazada, de sus hijos pequeños jugando en el jardín… Los directivos terminan atónitos y emocionados. Un genio, Draper.

    Aquí te dejo la escena:

    Embed - Mad Men Carousel (El Carrusel) VOSE

    En definitiva, entre los encajes del soutien se mueve un mecanismo poderoso: la nostalgia.

    Volver a casa

    Hay obras que se elaboran en torno a la nostalgia. Cinema Paradiso (1988), obra maestra de Giuseppe Tornatore, es una de ellas. Diría que encierra la esencia del “retorno a casa” y del aluvión de sentimientos que llegan con la evocación. Es un homenaje al cine o, más bien, una verdadera declaración de amor al cine, a la vez que un retrato sentimental de la Italia de la posguerra.

    La historia es la de Salvatore (Salvatore Cascio), un niño de seis años huérfano de padre que vive en un pueblito italiano. Allí el único pasatiempo es el cine y para el niño, a quien todos llaman cariñosamente Totò, las imágenes en movimiento son pura magia. Hasta que un día Alfredo (Philippe Noiret), el proyeccionista, le enseña los secretos detrás de las películas. Y en la cabina de cine, se sella la amistad y el cariño entre ellos.

    Salvatore crece y llega la hora de irse de ese pueblo sin oportunidades. Treinta años después, cuando es un reconocido cineasta, recibe un mensaje en el que le dicen que tiene que regresar.

    Esta es la escena de su despedida del pueblo y especialmente de Alfredo, quien le dice: “No te dejes llevar por la nostalgia. Olvídanos a todos”.

    Embed - Lo que sea que termines haciendo, ámalo. Cinema Paradiso

    No me digas que no lloraste en el cine. Yo lo hice al ver de nuevo esta escena.

    “Tristeza que se siente por estar lejos de las personas o de los lugares queridos, o por el recuerdo de algo perdido”, dice el Diccionario de la Lengua Española al definir la palabra nostalgia. Eso mismo produce Cinema Paradiso.

    También en Italia se filmó Nostalgia, de Andrei Tarkovsky, la primera que el cineasta ruso filmó fuera de la Unión Soviética. Un regreso a casa con la evocación narrado con bellas imágenes poéticas, filosóficas, detenidas. ¿Te acordás de alguna película sobre este tema o que te genera morriña?

    Nostalgia poética

    ¿Es posible sentir nostalgia de un instante de felicidad en el mismo momento en que lo estamos viviendo? Eso significaría que la felicidad es pasajera y que siempre la estaríamos añorando, porque siempre la estaríamos perdiendo. No es muy alentador.

    Jorge Luis Borges respondió esta pregunta con un poema al que tituló Nostalgia del presente.

    En aquel preciso momento el hombre se dijo:

    Qué no daría yo por la dicha

    de estar a tu lado en Islandia

    bajo el gran día inmóvil

    y de compartir el ahora

    como se comparte la música

    o el sabor de una fruta.

    En aquel preciso momento

    el hombre estaba junto a ella en Islandia.

    Hay otro poema de Borges, uno de mis favoritos, que se llama La lluvia, y comienza así:

    Bruscamente la tarde se ha aclarado

    porque ya cae la lluvia minuciosa.

    Cae o cayó. La lluvia es una cosa

    que sin duda sucede en el pasado.

    ¿Qué diría Borges, el poeta, de la nostalgia brillosa en las tiendas montevideanas? Seguro que no le escribiría un poema, pero entendería como Draper, el publicista, que “existen raras ocasiones en las que el público puede involucrarse más allá del flash si crea un lazo sentimental con el producto”.

    Libro del desasosiego

    Dicen que en Lisboa se respira nostalgia en su paisaje, en sus colores, en la triste melodía del fado. Y el poeta Fernando Pessoa encarnó en su propia persona esa saudade portuguesa. Era un hombre solitario y consternado, pero con una vida interior tan rica que estaba llena de personalidades. Eran sus heterónimos, algo parecido a los seudónimos, pero cada uno con un carácter y estilo literario definidos. Tres de ellos son los más recordados, porque con esos nombres surgió el grueso de la producción poética del escritor: Álvaro de Campos, Ricardo Reis y Alberto Caeiro.

    Pero su Libro del desasosiego, un diario íntimo elaborado durante 25 años, tuvo como autor a su heterónimo más nihilista y atormentado: Bernardo Soares. Fue el más parecido a Pessoa, el que pudo mostrar sin dobleces su arte poética, sus ideas sobre escritura, religión o política; también sus observaciones de la ciudad de Lisboa, su gente, su nostalgia.

    Saudade pero no del pasado, ni tampoco del futuro: soy una saudade del presente, anónima, múltiple e incomprendida”, escribió Soares/Pessoa. Y su nostalgia del presente es tan poética como la de Borges.

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    Morning sun, 1952, de Edward Hopper.

    Morning sun, 1952, de Edward Hopper.

    Hay varias situaciones, objetos o lugares que me dan nostalgia. En algunos casos sé por qué; en otros, simplemente siento que me envuelven sentimientos sobre algún momento indefinido del pasado. Sé, por ejemplo, que las vacaciones de julio me hacen recordar con una mezcla de cariño y tristeza el territorio feliz de la infancia, sobre todo porque recuerdo a mi amiga Carolina, con quien compartía esos días eternos en una u otra casa, con paseos, bicicleta y rayuela en la vereda. Una foto con ella de esa época me trae especial saudade.

    Después tengo una lista de lo que me da nostalgia sin saber por qué:

    los cuadros de Edward Hopper,

    la canción Good Bye (El tazón de té) de Jaime Roos,

    la voz de Zitarrosa,

    la voz de Eduardo Darnauchans,

    la canción Blackbird de Los Beatles,

    Adiós Nonino de Astor Piazzolla,

    la canción La casa de al lado de Fernando Cabrera,

    la canción Eiti Leda de Serú Girán.

    Ahora me doy cuenta de que a esta lista le falta alguna prenda de las que vi en las tiendas de 18 de Julio. Tendré que regresar a ver lo que dejaron las rebajas.

    ¿Tenés tu propia lista de la nostalgia?

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    Antes de despedirme, te recomiendo una entrevista de Javier Alfonso a la cantante japonesa Mio Matsuda, que viene a cantar con el gran Hugo Fattoruso, y también una nota sobre Grita, libro de Roberto Saviano, escritor italiano perseguido por la mafia durante 16 años.

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