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    El Museo Nacional de Artes Visuales inauguró tres muestras después de un breve cierre; las reformas anunciadas tendrán que esperar

    Romance entre el todo y la nada, de la artista textil Cecilia Brugnini, Somos jugando, con obras de 72 artistas, y Pensar el tiempo y las cosas de Daniel Gallo tienen en común el concepto de juego

    Después de dos semanas y media de estar cerrado por algunos arreglos, el Museo Nacional de Artes Visuales (MNAV) reabrió con tres muestras que se inauguraron el miércoles 5. Ese día fueron unas 700 personas a la apertura, pero el fin de semana pasaron más de 1.000 visitantes por estas exposiciones que son muy distintas, aunque tienen algo en común: el juego, o el concepto de juego, como hilo conductor.

    Romance entre el todo y la nada, de la artista textil Cecilia Brugnini, Somos jugando, con obras de 72 artistas, y Pensar el tiempo y las cosas, de Daniel Gallo, están también relacionadas por la curaduría, a cargo de la directora del MNAV, Roxana Fabius, y de María Eugenia Grau y María Eugenia Méndez, investigadoras del museo. Además se sumó un equipo de museología guiado por el arquitecto Felipe Reyno, junto con Marcos Villalba y Santiago Confalonieri en el diseño gráfico.

    La primera sorpresa está en el espacio. La sala 2 de la planta baja luce ahora más amplia sin ningún tabique como pared que separe muestras y obras. “El proyecto arquitectónico de Clorindo Testa era de espacio abierto con paneles colgantes que se colgaban de las cerchas bajas y de lo que cariñosamente llamamos ‘la jaula’. Devolvemos el concepto de aire y de navegación libre con un ojo contemporáneo. No tenemos paneles colgantes, pero la forma de colgar la obra oficia de referencia”, dijo Fabius a Búsqueda en un recorrido por las muestras.

    El arquitecto argentino Clorindo Testa fue quien realizó en 1969 la remodelación y el reciclaje más importante del MNAV, cuyo edificio originalmente había sido construido siguiendo los planos del arquitecto Leopoldo Tossi. “Parte del concepto de Clorindo era que las paredes podían ir en cualquier sentido. Había perpendiculares, diagonales, curvas. Entonces, pensando en cómo se usa el espacio es importante cómo conectan las exposiciones”, agregó Fabius. Reyno propuso usar cortinas translúcidas que tienen una ondulación, como un zigzag. De esta forma dan idea de un fondo que separa pero que no es una pared.

    Fabius había anunciado en abril el cierre del museo, entre mayo y junio, para realizar refacciones que mejorarían la accesibilidad y la amplitud del espacio. Sin embargo, esas reformas tendrán que esperar. “Hay un problema con el título de propiedad del MNAV que se descubrió cuando se iba a afectar el presupuesto en el Ministerio de Economía y Finanzas. Ahora, 115 años más tarde, se está haciendo el trámite. El museo fue de la Intendencia de Montevideo y del Ministerio de Instrucción Pública, después pasó al Ministerio de Educación y Cultura. Pero en ese pasaje no se hizo el traslado de título de propiedad, por lo tanto, no se pueden hacer las reformas previstas. El trámite demora mucho, aunque se está haciendo de forma acelerada. Tal vez se termine a fin de año, y en 2027 se puedan hacer”, explicó la directora.

    De todas formas, el museo estuvo cerrado durante dos semanas y media, y en ese tiempo se arreglaron ventanas rotas, las tablas del piso de madera que se despegaban, la puerta de entrada y el baño de hombres. “Cuando estábamos cerrados tuvimos la exposición en el Castillo del parque Rodó y en el museo mantuvimos abierta la sala 5 y las visitas de las escuelas”. En ese tiempo, además, se montaron las tres exposiciones.

    Tapices de Cecilia Brugnini, de la muestra Romance entre el todo y la nada.

    Tapices de Cecilia Brugnini, de la muestra Romance entre el todo y la nada.

    Brugnini y el revés de la trama

    En la sala 2 el primer encuentro es con la muestra Romance entre el todo y la nada, una retrospectiva de la artista textil Cecilia Brugnini (Montevideo, 1943), con sus tapices y esculturas blandas. Es una revisión de su trayectoria desde los años 60 hasta los 2000.

    Hay que mirar hacia arriba y ver los tapices que cuelgan y forman como un laberinto de lana y tejidos variados. Que no estén apoyados en paredes permite ver el revés de la trama y el minucioso trabajo del tejido. La artista combinó diferentes tipos de tapices, como el gobelino o el kelim. Y si bien la lana es la base, usó todo tipo de telas, brillos y texturas y la técnica del anudado que brinda variados pliegues y formas.

    Hay que mirar hacia los costados y ver sus figuras mitológicas, como las sirenas, hadas, faunos, que son sus esculturas blandas. El conjunto crea un ambiente misterioso y simbólico. “Brugnini trabajó lo figurativo, que es lo que se ve en esas piezas que hacen referencia a la mitología, pero también la abstracción, que para mí es donde aflora el deseo en su trabajo. Estas dos facetas se mantuvieron en toda su trayectoria”, explicó Fabius.

    La artista estudió diseño textil en los años 60 en el Hornsey College of Art de Londres, donde también aprendió cerámica y trabajo con metal. Si bien su inclinación artística estaba en la cerámica, tuvo que abandonarla porque le producía una extraña alergia. Entonces se volcó al trabajo textil y fue prácticamente autodidacta.

    Minuciosa en el registro de su obra, los tapices tienen grandes etiquetas donde figura la fecha, el material usado, las veces que se limpió. Las obras expuestas son de la familia y algunas las adquirió la Asociación de Amigos del MNAV, que se está reimpulsando para que pueda ser una de las patas de adquisiciones.

    Además su labor docente, Brugnini hizo trabajos para óperas y obras de teatro, para escenografías y vestuarios. Y a pesar de haber ganado el Premio Figari en 1999, su nombre quedó en segundo plano en el conjunto de artistas. “Fue una figura importante para el mundo del arte textil, que tuvo una explosión en los años 70 y 80. Ella era una referente, y cientos de personas pasaron por sus clases. Estuvo el día de la inauguración, aunque está muy enferma, vino cantidad de gente para estar con ella, por el cariño que le tienen. La aplaudieron cuando entró al museo, fue un reconocimiento a un sistema de creación”, recordó Fabius.

    Azul, el color del juego

    Se pasa la cortina de la muestra de Brugnini y se está en un mundo diverso, lleno de formas y colorido. Pero la clave es el azul, en los banquitos pequeños, en los círculos en las paredes, en las líneas en el suelo. Ese es el terreno de Somos jugando, una muestra enorme que integran obras de 72 artistas uruguayos, de varias épocas, estilos y texturas. Algunas obras son del museo, otras en préstamo de artistas, familiares o galerías. Ocupa también la sala 4.

    “La presente propuesta expositiva entiende lo lúdico como una forma de relación del individuo con el mundo. Se articula en seis núcleos temáticos: creando cosas para jugar; representaciones visuales de juegos; esparcimiento y deportes; caricaturas y garabatos; las reglas del juego del arte, y jugar a ser otro. El conjunto pretende mostrar cómo el juego permite construir y habitar universos posibles, cada uno con sus reglas propias y tiempos vinculantes. Construir e imaginar se convierte así en una práctica esencial para habitar el mundo y transformarlo”, dice en un fragmento el texto curatorial.

    Figuras móviles de Amalia Polleri.

    Figuras móviles de Amalia Polleri.

    Cada sección parte de las ideas desarrolladas por Johan Huizinga, un teórico del juego, autor del libro Homo ludens, y de otros autores. Una sola obra fue hecha especialmente para la exposición y es la de Magela Ferrero. Se llama Instrucciones para elegir una rama, y además de instrucciones exhibe una ramita en una pequeña vitrina. A través de talleres la artista guiará para crear “ramitas mágicas”.

    Otra de las obras es Transmisor, de Diego Masi, que pertenece al acervo del museo y fue premio nacional en 2012. Una serie de viejas antenas se activan cuando alguien se acerca, se extienden y se vuelven a cerrar. Masi, que va a representar a Uruguay en la Bienal de Corea, sigue trabajando hasta hoy con sonidos y frecuencias.

    Hay obras que son collages, como los de Dani Umpi o de Ernesto Vila. Hay unos hermosos cilindros colgantes de Amalia Polleri, como también son colgantes los punching bags textiles de Nora Kimelman que tienen que ver con su infancia.

    Obra de Nora Kimelman.

    Obra de Nora Kimelman.

    El juego de los milagros, se llama el futbolito creado por Federico Arnaud. La escultura en madera tiene como “jugadores” a figuras religiosas, como las de los pesebres. Colgado de uno de los fierros centrales está el niño Jesús, que se hamaca por encima de un cielo con nubes. Entre la simbología y el humor se desarrolla ese peculiar partido.

    El fútbol también está presente en una escultura de un jugador de fútbol del artista Nerses Ounanian, que es acervo del museo y por primera vez se exhibe.

    El juego de los milagros, de Federico Arnaud

    El juego de los milagros, de Federico Arnaud

    Las pantallas también forman parte de esta muestra. Hay una para ver y otra para jugar. La idea es de Unkrns, dos artistas arquitectos que trabajan en el mundo del videojuego: Diego Morera y Sebastián Lambert. Ellos analizan diferentes aspectos del desarrollo económico contemporáneo y lo que sucede en la sociedad cuando se emplean solo soluciones tecnológicas.

    Hay obras del artista callejero Víctor Andrade, las paletas de Ignacio Iturria, piezas de Leonilda González y de Pilar González y también de una ilustradora de otra generación, Carolina Gil Freiría. Y una experiencia de dibujo en movimiento de la ciudad son las miniaturas de Francisco Cunha.

    De las rondas infantiles a la otra Petrona

    Al subir la escalera hacia la sala 4, el sonido de cantos infantiles que se sentía a lo lejos en la planta baja se hace más potente. Es el único audio que se escucha en las tres exposiciones. La voces surgen de un video que tiene el trabajo de recopilación de rondas y juegos infantiles de Lauro Ayestarán, y la filmación de Mario Handler y Eugenio Hintz (Juegos y rondas tradicionales del Uruguay, 1966).

    Sobre el puente de Avignon

    Todos bailan, todos bailan

    Sobre el puente de Avignon

    Todos bailan y yo también

    Hacen así, así las lavanderas

    Hacen así, así me gusta a mí

    En la filmación las niñas en ronda cantan canciones como Sobre el puente de Avignon, giran, juegan y se ríen. Hay momentos en que solo se ve el movimiento, sin sonido. Están en una calle que baja hacia la rambla sur y se ve a lo lejos pasar un viejo ómnibus de Cutcsa. Una maravilla y un verdadero trabajo antropológico.

    “Los juegos de rondas infantiles surgen como actividades lúdicas colectivas y de tradición oral en las que los niños se toman de las manos para formar un círculo, combinando canto, ritmo y movimiento. Si bien se practican en todo el mundo, los que jugamos en Uruguay tienen raíces históricas principalmente en Europa, en actividades rituales y de recreación del mundo adulto. Con el pasar del tiempo perduraron y se extendieron profundamente por toda Latinoamérica, consolidándose como pilares de la cultura popular infantil”, dice uno de los textos curatoriales.

    Pintura de Petrona Viera.

    Pintura de Petrona Viera.

    En “jugar a ser otro”, se incluye todo lo performático, los disfraces, las máscaras, el carnaval, el teatro. Están también las representaciones de juegos y juguetes y juguetes creados por artistas. Por supuesto que está presente Joaquín Torres García, como lo están Rafael Barradas y José Gurvich. Junto a ellos, una artista de otra generación, Seida Lans, y sus dos niñas idénticas unidas por una cuerda de saltar.

    Hay una mesa con juegos industriales y otros artesanales. Y una obra de la artista Analía Sandleris, quien se puso a dibujar como una niña y procesó y desafió experiencias vividas.

    Algo curioso es descubrir pinturas desconocidas de Petrona Viera, cuyo impresionante acervo integra el del MNAV (unas mil obras). En la muestra aparecen algunas de sus obras famosas con el protagonismo del juego, pero también otras sorprendentes que nunca se habían expuesto: una con máscaras de carnaval, otras con personajes de Disney o de influencia de la guerra en los juegos de niños.

    Espacio geométrico, obra de Daniel Gallo.

    Espacio geométrico, obra de Daniel Gallo.

    El portal de Daniel Gallo

    Al artista Daniel Gallo (Las Piedras, 1948) le gusta la geometría, la perspectiva, los relojes de todas las épocas. Y la combinación del rojo y el negro. Su muestra se llama Pensar el tiempo y las cosas y se llega a través de un portal que él mismo creó como un eco de la Puerta de la Ciudadela.

    “Tiene un verdadero culto al objeto, es el preciosismo de las herramientas”, comentó Fabius al atravesar el portal. Es que además de sus obras que parecen tener una profundidad infinita por la perspectiva, están sus piezas que representan herramientas o formas geométricas perfectas. Pero todo lleva a pensar en un taller para crear y también para jugar. Hay un rodillo gigante que dejó una enorme franja roja, hay palas rojas y algún autito fabricado en ese taller donde las herramientas han perdido su función original. Entonces se encuentra el vínculo con el concepto general de juego.

    Y además están los relojes. El abuelo y el padre de Gallo fueron relojeros y esa perfección minuciosa del oficio se ve en esta muestra. En un panel hay esferas de relojes que datan del siglo XVIII en adelante. Y Gallo las convirtió en arte. El artista ganó en 2017 el Premio Figari.

    Obras de Daniel Gallo.

    Obras de Daniel Gallo.

    ¿Y dónde está Blanes?

    Tal vez muchos visitantes se pregunten dónde están las obras que se exhibían en la planta baja del museo, entre ellas, una de las favoritas: Un episodio de la fiebre amarilla en Buenos Aires, de Juan Manuel Blanes. “Está guardada porque le tuvieron que hacer una intervención al marco, que estaba deteriorado. Va a volver con toda su gloria”, explicó Fabius.

    Pero en la sala 5 sí está Blanes. A fines de junio se inauguró una muestra dedicada a los artistas canónicos. El enfoque tiene que ver con el proceso de trabajo de los artistas. Por ejemplo, las telas que usaba Blanes en sus retratos. Y a propósito de retratos, se expone uno desconocido de la familia de Blanes. “Nunca nadie en el museo lo había visto expuesto. A futuro se mostrará la “telenovela” de Blanes y su hijo Nicanor con Carlota, y el enfrentamiento artístico de padre e hijo”, anticipó la directora.

    En esa sala hay estudios de Pedro Blanes Viale y de José Cuneo. “La idea es hacer una vez por año una narrativa de la colección sobre todo por los lugares que hay que expandir. Ahora hicimos una de la Escuela del Sur”. Fabius conduce hacia otra parte de la sala donde están las artes aplicadas de la escuela, las cerámicas y algunos otros objetos.

    Hay mucho para recorrer en el MNAV, que también a fines de agosto volverá a “las tardes en el jardín”, esta vez en coordinación con el Instituto de Letras del MEC y con la poesía. Mientras tanto, la ronda sigue girando.